domingo, 2 de marzo de 2014

Maldeojos. Dos Españas



Dos Españas
(Artículo publicado el sábado, 1 de marzo, en diarios de Editorial Prensa Ibérica)

      Seguro que exagero trayendo aquí el concepto machadiano de las dos Españas, pero permítanme la licencia. Ha pasado una semana y aún sigue la polvareda de la Operación Palace de Jordi Évole, ya saben, el especial dedicado a la conmemoración del 23F, aquella barrabasada de 1981 que nos quiso arrebatar a la fuerza la democracia recién conquistada. Apenas recuerdo que un programa se convirtiera al día siguiente y al otro y al otro no sólo en tema de debate -redes sociales, periódicos, tertulias, y radios echando carbonilla-, sino en tema de combate. Ya sé que exagero, pero he leído y escuchado posiciones tan radicales que han llegado a mantener que Évole se ha quitado la careta y, al fin, se descubre como lo que es, el gran manipulador, el maestro del engaño, un vendido al espectáculo. 

      Hasta hace dos semanas Jordi Évole era sinónimo de periodismo necesario, libre, que formaba parte de un equipo con credibilidad porque trataba de dar voz a los que apenas la tienen desentrañando las urdimbres que los poderosos tratan de mantener para que la luz no descubra sus tejemanejes. Es cierto que el especial no era Salvados, pero justo por eso, y porque Évole no pretendía engañar –al final se desvela todo- la lapidación pública sólo puede ocultar otros intereses. Así las cosas, Jordi Évole y su trabajo han vuelto a reverdecer –como en el fútbol, como espectadores de una cadena u otra, o como seguidores de Rajoy o Rubalcaba- la pertenencia o no a la cara o la cruz de la moneda. Y dejarlo claro con vehemencia, a latigazos. Yo soy de los que les gustó, y mucho. Así que ojito, que sé dónde vives. 

Conforme escucho y leo opiniones en contra de Jordi Évole -atención, matizo, Jordi Évole, persona humana-, más me gusta Operación Palace. Es tan extremo todo, tan disparatado -Jordi Évole parece que no se lava, escribía en no sé qué papel el plomizo Jaime Peñafiel en un alarde de reflexión sobre el falso documental-, que justo por eso se trata de algo gordo, que ha removido cimientos. Y sí, sólo hay que ver los telediarios de La 1 para darse cuenta de que nos venden una hora de ficción como si de verdad fuera información. Y sin rótulos finales que aclaren el engaño.




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