sábado, 13 de abril de 2013

Fotos sin salir de casa. Mi gatita.



Mi gatita

      Soy incapaz de hacerle daño a un animal. No es una frase hecha. Cuando digo que soy incapaz de hacerle daño a un animal quiero decir justo eso, que si voy caminando por la calle y veo que una hilera de hormigas cruza la acera, tratando de alcanzar las migajas de pan de alguien que se sentó allí para comerse un bocadillo en el banco, mis pies saltan como si tuvieran un resorte para esquivarlas. Digo hormigas por partir de animales pequeños, pero aunque la escala suba, mi actitud con ellos es la misma. Tampoco soy un fanático. Si tengo moscas en casa, las mato. Sin dudarlo. Lo que trato de explicar es que hacerle daño a los animales por el hecho de hacérselo jamás lo hago, ni siquiera lo hacía de pequeño, cuando aún no controlas la crueldad. De siempre me horrorizaron esos juegos juveniles de caza del perro vagabundo, de tirar piedras a los gatos, de subirse a los árboles para destripar nidos.

      Por eso no entiendo que haya gente que pague una entrada para ver cómo un tipo vestido con ropa de fantasía apretada a su cuerpo, con un trapo rojo y una espada de filo, asista al espectáculo bárbaro de matar a un toro en mitad de una plaza jaleado por la muchedumbre. Pero ahora no hablo de eso, ni es el debate. Soy incapaz de hacerle daño a un animal. Pero tampoco los quiero en mi casa. Tengo muchos amigos que sí los tienen, y me gusta jugar y acariciar a sus perros, y no sólo no me molestan sino que me parecen unas criaturas adorables, pero no para convivir conmigo. No soy, por tanto, ni de perros, ni de pájaros en la jaula, ni mucho menos de tener en tarros de cristal peces que se compran a saldo como entretenimiento momentáneo de críos caprichosos. 

      En una época de mi vida sí tuve gato. Gata. La Chocho. Muchas personas conocieron a La Chocho. Era una más de la familia. Un día, cuando cumplía no sé cuántos años, uno de los regalos me dejó perplejo, y en un primer momento horrorizado porque no sabía qué era aquella bola de pelo blanco que me acercaban mis amigos con una sonrisa en la cara. En un primer momento retiré la mano. Luego vi que era un gatito pequeño, con apenas unos días. Una cosita de espuma que apenas podía abrir los ojos. La cogí y desde instante vivió conmigo hasta que murió. Era una gata persa señorial, elegante, cariñosa, limpia, educada, sibarita. Creció y se hizo una dama. La Chocho recibía a las visitas remoloneando hasta que la cogían en el regazo y la acariciaban. Eso sí, la señora perdía la compostura cuando tenía el celo. Su desvergüenza nocturna era mi bochorno como vecino. Saltaba la tapia del patio y se iba a buscar macho a los patios del vecindario.
Menos mal que eran viviendas de urbanización y de allí no podía salir. Más de una noche, algún vecino aparecía con La Chocho, que en verano se había colado al cuarto de los niños o del matrimonio buscando… en fin, no quiero pensarlo. Mis amigos me decía que si era liberal en costumbres por qué era tan estricto con la virginidad de la niña. Muy fácil. O la niña se lo montaba con gatos persas, o la niña moría en el parto. Así de claro. Le traje a uno a casa. Los chillidos se oyeron en Sebastopol. ¿De placer y lujuria? Qué va. El gato estaba acojonado. Se subió a la buhardilla, me destrozó revistas, arañó libros, desgarró telas, se meó en rincones en donde permaneció su olor durante mucho tiempo, pero a La Chocho, ni catarla. Aunque La Chocho quería, de eso no tenía duda. ¿Fue un gatillazo gatuno sin importancia? No. Al gato no se le levantaba la cosa. Luego supimos que el viaje había que haberlo hecho al revés. Es decir, la gata visita la casa del gato porque si no, el gato se arruga, no se siente dominante, y el pitillo dice que no. 

      Viendo el desastre se llevaron al persa, La Chocho siguió dando alaridos en época de celo, y un servidor pasaba con ella esas dramáticas calenturas como mejor podía. Cuando me vine al pueblo La Chocho viajó no el mismo día del barullo del traslado. Recordemos que La Chocho era una señora. Cómo iba a viajar en un camión lleno de muebles, trastos, bolsas, centenares de cajas, cacharros. Sola. La Chocho viajó en el coche de un amigo meses después cogida en brazos por otro amigo cuando la nueva casa estaba lista. Y aquí se instaló. En dos días se adueñó de su nueva residencia. Lo olió todo, lo husmeó todo, encontró el sitio más cómodo para hacer sus cosas. Y volvió a ser la de siempre. Todos los amigos me preguntaban por La Chocho como se pregunta por un crío, un familiar, alguien del clan. 

      El día que murió, tendida en el suelo del garaje, esperó a irse a que yo llegara a casa. Cuando me la encontré así, con su barriguita bombeando muy fuerte al principio y luego con debilidad de corazón gastado, me miró con su vista nublada, y doblando su cabecita en mis manos, se fue. Me quedé helado. Una época de vida se iba con ella. Un hermano mío me dejó un ratillo a solas con la criatura, luego entró con un trapo blanco, y a modo de sudario la envolvió y la enterró enfrente, en el balate que tengo al otro lado de la calle. Y ahí está. Entre jaramagos, a la sombra de dos tronquitos de Brasil traídos de la otra casa, sembrados en el pueblo, y acompañando a La Chocho, que ya no se meará en ellos como a veces, pocas, hacía cuando era pequeñita. 

      Desde entonces lo tuve claro. Soy incapaz de hacer daño a un animal. Pero en mi casa no quiero ni uno.  


Ahí, entre jaramagos, a los pies de los tronquitos, está La Chocho. Para siempre.

2 comentarios:

  1. Ay! Me he emocionado, por la Chocho y por los que yo he perdido. Me pasa lo mismo, no quiero ver morir a más gaticos en mi casa. Duele mucho

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  2. Cuando la vi así, tirada y sin vida, lo tuve claro. Y así pienso seguir. Me miró, Rosa, esperó hasta que yo llegué para acariciarla. Luego se le nublaron los ojos y se perdió. Uff, qué va.

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