martes, 2 de abril de 2013

El origen del mundo. El viaje II. 1 de abril de 2013



El viaje II

     El autobús enfiló la autovía cuando al muchacho aún le quedaban unas horas de trabajo. Su rabo aún seguía tieso como la primera vez, cuando se levantó del asiento con la polla fuera del chándal buscando el coño de la blanca, despatarrada en los últimos asientos del vehículo. La monja se remangó el hábito y ofreció su carne intacta rogándole al dios negro que ni acabara dentro lo que tuviera que hacerle ni le manchara los faldones para no tener que dar explicaciones a las hermanas, resabiadas y lagartas que te ponen a mal parir en las horas de asueto dando vueltas al claustro, dijo la sor al muchacho, que asintió diciendo sí con la cabeza y preparando el  pájaro para colárselo por donde quisiera.
     Por el culo, hermana, por el culo, le aconsejaba una estiradísima viajera, que le dio la vuelta a la monja, le subió el hábito al lomo, le pringó con un dedo ensalivado el ojete, y apartando la mano del negro se hizo con la tranca acercándola al diminuto agujerillo de la carmelita con magisterio de mamporrera curtida en establos de mucho trasiego. Adelante, que aún te quedan unos cuantos viajeros, ordenó la señora. Aquello se coló entero para asombro de los espectadores, que esperaban tensos el grito desgarrado de la religiosa. Nada. Sólo unos tibios gemidos de divino placer que acabaron con la monja vuelta hacia el chico para que por amor de dios no intentara salirse. Pero el tiempo corría, y había que abreviar. Se acabó, hija, se acabó, que quedan viajeros esperando, cortó en seco la mamporrera haciéndose de nuevo con el todopoderoso, que estaba a punto de caramelo y fue colocado en una de las bocas que esperaban con ansia su turno.
     Con la última corrida, el muchacho lo tenía claro. Sí, esto es el paraíso, ha merecido la pena cruzar países, desiertos, pasar fatigas, jugarme la vida en el mar, pero aquí estoy, follándome como un negro a estos blancos tan simpáticos. Al llegar al destino, el policía se llevó al joven en un furgón por no tener documentos en regla. Los viajeros bajaron del autobús buscando sus maletas, desapareciendo como sombras entre el gentío sin mirar atrás. Rendido, el negro se quedó dormido junto al policía, que notó cómo al chico se le abultaba el chándal y asomaba por la cintura la cabeza de un pájaro de carbón que empezaba a volar, pero no estaba dispuesto a que se escapara…

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