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miércoles, 7 de agosto de 2019

Maldeojos. Sin ellas


Sin ellas
(Artículo publicado el sábado, 3 de agosto, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Bernuy de Porreros –no sean mal, o bien pensados- es un pueblecito de la provincia de Segovia que ni dios sabía de su existencia, salvo sus habitantes y allegados. Pero llega TVE y lo pone en el mapa vivito y coleando gracias a 7 días sin ellas, otro experimento sociológico nivel televisión. La cosa consiste en dejar al pueblo, o mejor, a las familias, o mejor a los hombres de algunas familias, y durante una semana, sin ellas, es decir, sin sus mujeres –que se van de vacaciones-, para que los hombres sepan de verdad lo que es llevar una casa, se den cuenta de lo mucho que hay que hacer y, sobre todo, lo poco que se valora el trabajo callado, rutinario, sin aspavientos, “del ama de casa” en la intimidad del hogar. Es el planteamiento. Se apuntaron al experimento cuarenta mujeres, que dejaron atrás no sólo el móvil sino preocupaciones y obligaciones.

     Aunque la igualdad es un concepto del que muchos hombres presumen, como en toda España, la realidad es que son las mujeres, en general, las que cargan con más horas de trabajo y responsabilidad que nadie, dice la voz de la narradora, que ha ido presentando a las familias participantes con sus peculiaridades. Hablando de igualdad, uno de los hombres se descojona cuando habla de lo que él hace en casa, creyendo de verdad que limpia los baños como lo hace su mujer. Es un retrato que ejemplifica que una cosa es la realidad y otra la que tú crees que es. Claro que también se ven píldoras tan conocidas como la de la madre controladora, la madre fiscal, la que prefiere hacer las cosas a su manera antes de que el hijo o el marido las hagan mal, según su criterio, o sea, el machismo de las mujeres. 7 días sin ellas es un envoltorio bonito, pero ahí se queda.


lunes, 21 de mayo de 2018

Maldeojos. La otra mirada


La otra mirada
(Artículo publicado el domingo, 13 de mayo, en diarios del grupo EPI PRESS)

     No sé si la conocen, pero La 1 emite programas que pasan ante nuestras narices sin hacer siquiera un poquito de aire. ¿Saben que la primera cadena emite una serie donde sale Paz Vega y que se llama Fugitiva? Es tan fugitiva que apenas hace cosquillas. Fugitiva arranca contando que en Méjico las víctimas de los secuestros son empresarios, políticos, artistas, o los familiares de estos, y que algunos no se denuncian por miedo. De hecho, la señora Paz Vega, que interpreta a Magda, casada con un empresario de allá que ahora anda acá, en Madrid, cerrando un negocio, es secuestrada junto a sus hijos, dos ellas y un él. Los secuestradores hablan con el marido para que pague el rescate, pero le advierten de que no llame a la policía. Así empieza todo, con una advertencia en la página web de la serie en la que se recuerda que “no todo es lo que parece”. Vaya si es así. Parece una serie dramática, de sucesos y eso. Pero si se descuidan sus creadores –y cuenta con gente de peso como Joaquín Oristrell- les sale un churro cómico. Iré por partes. La cabecera, pasada por la última moda de echar mano de imágenes viradas en colores dorados, temblorosas, imágenes de una ciudad moderna, va adornada con una música que a los pocos segundos, ¿cómo diría?, escuece, es insufrible. La perpetra una tal Ana Guerra, a la que escucho en otra cumbre del mal gusto para ampliar sabiduría sobre la mentada y me da sarpullido. No es que desentone en Operación Triunfo, de cuya caldera sulfurosa nació, es que las ovejas de mi vecino salmodian mejor. Qué gran desatino. Luego está la propia Paz Vega. Lleva unos pelos mal tintados de un rubio muy desganado, y su rostro está siempre así, como intenso, y cuando habla con ese deje sevillano que quiere ser de Valladolid, no sabes si habla ella o la chica de las cuatro de la tarde ofreciéndote un televisor como una catedral para que te cambies de compañía. Paz Vega parece que habla apretando el culo. No sé si me explico.

Castrati sin harén
     En el reparto también está el mejicano Julio Bracho, su marido ricachón, los españoles Mercedes Sampietro, Roberto Álamo, o Charo López, y un desinterés que embarga al espectador, a este espectador, del que ya es muy difícil salir. Si en los momentos de máxima tensión –secuestro, interior del coche con los hijos, ella contando sus batallitas en ese tono entre ursulina y altiva manola, cambio de tornas pasando del secuestro a una fuga orquestada por la propia madre, Benidorm como jungla y final de trayecto-, si en los momentos más duros no te crees nada, y el desbarajuste parece que se apoderó del producto, lanzado al precipicio de unos diálogos descacharrantes, poco se puede hacer.   Si en el primer capítulo has claudicado, no hay otra mirada futura más benévola. Los datos de audiencia de Fugitiva parecen confirmar que la sensación es general. Por si faltara alguna guindita al pastel de este fracaso, Fugitiva, su protagonista, juega a los mensajes feministas de la mujer fuerte frente al varón cabrón, pero por dios, es todo muy lelo, muy de parvulario. Y esa Paz Vega que se perdió la clase en la escuela el día que dieron los apuntes de cómo ser dramática sin parecer que estás sentada en el trono que todos tenemos en el cuarto de baño. José Mota, de cuyo regreso tampoco se habla mucho aunque la audiencia está hablando dejándolo en la cuneta de forma injusta, pone caras más creíbles haciendo el chorra. Pasemos a otra cosa. No, sigamos con las caras. ¿Han visto la de la señorita Amaia y el señorito Alfred en ese despropósito llamado Tu canción que pretendió conquistar Portugal con muecas de arrobo por fascículos y voces en falsete de castrati sin harén a la vista? Ay, qué mal se está portando España con el mundo Eurovisión. Los jovenzuelos ni siquiera soportan otra mirada.

Gemio y el alma
     No es el caso de La otra mirada, que da título a esta pieza. Al fin algo bueno en TVE –déjenme que exagere un poco, ya sé que hay más cosas buenas en esa casa, la que debiera ser la de todos, y no, lleva tiempo que no lo es-. De La otra mirada, lo digo así de rápido, lo único que me echa para atrás es el propio título. La otra mirada tiene nombre de reportajes de actualidad, de periodismo de investigación que no se conforma con un primer análisis. Pero no, La otra mirada es una serie que cuenta, y muy bien narrada, la vida en Sevilla de un colegio de señoritas, así llamados a principios del siglo pasado, donde el mundo y las nuevas maneras de la recién llegada profesora –que oculta un plan secreto, además de otros secretos de su pasado, y que interpreta Patricia López Arnáiz- chocan con estrépito y perplejidad con las maneras de toda la vida que encarna la siempre grande, magnífica, adusta y severa cuando se lo pide el guión Ana Wagener, profesora de la vieja escuela. Apoyando a la primera, la directora, papel que recae en Macarena García, y a la segunda, la madre de la directora. En mitad, las señoritas, mujeres con toda la vida por delante y de cuya educación va a depender su futuro, o sea, lo de siempre, como ahora. Y si todavía ser es importante pero parecer aún más, antes, en la España de entreguerras, la cosa se multiplicaba. De todo eso, de lo que propone el capítulo del día, se habla en el programa que viene después, Retratos con alma, otra mirada al mismo tema, y de nuevo un nombre fallido, cursi. ¿A quién se le ocurrió semejante pastel? La única explicación es que lo presenta, al modo de presentar que tiene Gloria Sierra en Equipo de investigación, es decir, haciendo entradillas a cámara, la gran, la maestra de la afectación y la pedantería remilgada, la paleta ilustrada, doña Isabel Gemio, oh, que me desmayo. Sé que soy injusto, lo sé, y que volveré a ver este epílogo a La otra mirada con más atención y cariño, sin hacer comentarios que tienen más que ver con su trayectoria –Lo que necesitas es amor, Sorpresa, sorpresa, o Tengo una carta para ti, tele ochentera cuya reina era ella- que con Retratos con alma, pero… Soy como el escorpión, o como Paz Vega hablando, que aprieto el culo y me ciego.

La guinda
¿Rosarillo es así?
Vamos a ver, La voz kids es un pastelazo, como casi todos los programas que trafican con niños. Han leído bien. He dicho traficar, es decir, comerciar, según la RAE, y en La voz kids comercian con chiquillos. Pero si el programa es un biberón de miel, lo de la señora Rosarillo Flores es el colmo. ¿Esta mujer es así o se lo hace? ¿Cómo se puede ser más cursi, más simple, más empalagosa, más repetitiva, ay, más hueca?

sábado, 10 de marzo de 2018

Maldeojos. Carmen y Sandra



Carmen y Sandra
(Artículo publicado el jueves, 8 de marzo, en diarios del grupo EPI PRESS)

     Veo en una sección que no conocía de El intermedio a dos mujeres, una frente a la otra, en un plató desprovisto de adornos ni exceso de luces. La intención es clara. Se prima el contenido de la charla sobre cualquier otro. No es Chester, para entendernos. La sección se llama Mujer tenía que ser, y la defiende Sandra Sabatés, que la otra noche invitó a la grandísima Carmen Sarmiento, uno de esos nombres que ha ido esculpiendo con letras gordas nuestro periodismo, en su caso con un legado forjado en TVE, una tele que fue referencia de credibilidad, con productos como Los marginados que hoy, con una RTVE en manos de esforzados esbirros que trabajan para el Gobierno y el Partido Popular en el poder, sería impensado. Sólo hay que ver el meticuloso desmantelamiento de Informe Semanal, que fue referencia de periodismo de calidad, el único posible.

     Escuchar a Carmen Sarmiento, hoy retirada, viendo desde cierta distancia el momento que vivimos pero sin perder su capacidad crítica y combativa que la distinguió, es uno de esos placeres que a veces nos regala la televisión bien hecha. Contó que le costó un ovario y parte del otro convencer a los señores de los que dependía para que alguien como ella, es decir, “una mujer”, fuera enviada a zonas en guerra –Nicaragua, Salvador, Etiopía, Líbano-, cuando ese cometido era “cosa de hombres”. La austera sección de El intermedio da voz a mujeres con mucho que decir –sí a la huelga de hoy, decía Carmen, porque sigue habiendo una violencia machista brutal, y por eso queremos la mitad de cielo y de la tierra-, y también deja claro, muy claro, que Sandra Sabatés es algo más que un bello busto parlante. Enhorabuena, Sandra, mujer tenías que ser.