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martes, 14 de febrero de 2017

Maldeojos. Mediocridad



Mediocridad
(Artículo publicado el sábado, 11 de febrero, en diarios de EPI PRESS)

     No hay que conocer a Javier Cárdenas para darse cuenta de que estamos ante un señor que se las gasta como el tiquismiquis que husmea como un sabueso por el mundo para saltar como una liebre en cuanto alguien lo mire mal. Este hombre no soporta la crítica, salvo que sea para adularlo y reconocer que se cae rendido ante su lengua de trapo, ante sus iluminadas chuminadas, o ante su figura de galán que forma arquitecturas de pelo para disimular la pista de aterrizaje de sus entradas infinitas en una frente tan despejada que se puede escribir el guión de su nefasta Hora punta, un programa tontito para una tele que es nada menos que la tele pública. Si hablo aquí del físico del presentador, que trato de obviar en mis comentarios, como es lógico, es porque él mismo da la sensación de que lo pone como un valor a añadir a los contenidos del programa con ese aire de tío sobrado y suficiente que al final resulta patético, trasnochado y presuntuoso.

     Podría preguntarse, con razón, si esta es toda la crítica que se puede hacer a Hora punta  y a su presentador, el señor de trópica dicción. Ni mucho menos, pero hoy traigo aquí el lado del tiquismiquis del principio que salta como un podenco sobre quien ose comentar o parodiar –en negativo- su trabajo. O ni siquiera eso, basta con que Buenafuente diga en Late motiv, en 0#, que si “quiere volver a ver televisión de los 90 ponga el programa de Cárdenas en TVE”. El uso que este gañán de playa hace de la tele pública no es culpa suya sino de quien lo consiente. Ha hecho de ese programa una vulgar cita con vídeos de internet al peso. Y usa la tele pública para solucionar asuntos personales de la peor manera. Su fatuidad es tan avara como la de cualquier mediocre con gorra y silbato.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Maldeojos. Qué arte



Qué arte
(Artículo publicado el jueves, 6 de noviembre, en diarios de EPI PRESS)

      A la cárcel. Isabel Pantoja, a la cárcel. Ni la Audiencia de Málaga ni la Fiscalía se han echado atrás. La segunda rechazó la petición de sus abogados de suspender su ingreso, y la primera ha ordenado que la tonadillera delincuente duerma un tiempo entre rejas, ay, qué arte, coño. Viva la Fiscalía Anticorrupción, que en su escrito dice que la artista, por mucho que actuara –era yo la que le daba a él, era yo quien le mantenía, era yo quien le di trabajo, era yo quien le pagaba su sueldo, decía Pantoja en el juicio como se canta una copla- o justo por eso, no se mostró arrepentida en ningún momento y ni siquiera reconoció su error. Isabel Pantoja forma parte del grupo de señoras autistas que no escuchan cómo su marido aparca el jaguar en el garaje, llega a casa arrastrando bolsas pesadísimas de dinero, o se desborda la cuenta del banco como si fuera leche hervida.

       Para que el esperpento y la rabia se unan en piña repugnante Mariló Montero, defensora corajuda de Ana Mato, la de los confetis y el jaguar invisible, invita al teléfono a Diego Gómez, ex de la tonadillera, que asegura que es muy amargo que una carrera de más de 30 años tenga ese desenlace. Al tiempo, el realizador, con buen tino, pinchaba imágenes en el estudio de Luis Rollán, periodista del corazón y amigo de la delincuente, donde se derretía en lágrimas porque la noticia lo pillaba en el tajo, ay, qué arte tiene esta gente. Es un chivo expiatorio, vienen a decir, van a por ella para tapar la sinvergonzonería de otros. Lo alucinante, lo que encocora, es que estos defensores vean el efecto, no la causa por la que, de entrar, entra Pantoja al trullo. Ah, Buenafuente, todo amor, le preparó un  kit carcelario. Qué arte tiene el jodío.  
Este sujeto no llora porque su amiguita tenga una sentencia en firme como delincuente por haber colaborado con otro delincuente para forrarse de dinero con el dinero de los ciudadanos, no, este menda llora porque su amiga va a la cárcel, por la consecuencia de sus actos, no por sus actos. Qué tremendo todo.