miércoles, 25 de diciembre de 2013

Maldeojos. Las entrevistas



Las entrevistas
(Artículo publicado el amrtes, 24 de diciembre, en periódicos de Editorial Prensa Ibérica)

      La semana pasada –no da tiempo a llevar al pelo estrenos, noticias, y novedades en la tele- tuvieron lugar dos entrevistas de contenido y forma no sólo distintas sino distantes y opuestas. Una se celebró en Antena 3 en esos especiales nocturnos dedicados al dios morbo que se han puesto tan de moda, siendo protagonistas Nacho Abad en el papel de preguntador y José Ortega Cano, el matarife, en el papel de respondedor. El encuentro en las alturas de la madrugada se anunció, como todo lo que nace del mundo del suceso manejado por el señor Abad, como exclusiva. Y así fue. Era la primera entrevista que concedía el peligroso conductor cartagenero después de saberse que el juez lo condenó a dos años y pico de cárcel. Pero el encuentro fue un fiasco periodístico, una farsa, una afrenta a la audiencia. El tono baboso y complaciente invitaba al insulto. O sea, al estilo servil –para   que Ortega lloriqueara sobre su fe y su dios- de Hermida con el Rey. 
 
       La otra entrevista tuvo lugar en La Sexta, en El intermedio, entre El Gran Wyoming y Zapatero, que sigue de bolos para vender su libro. Sin la pretendida solemnidad de la que echó mano el guarrillo busca mierdas de Antena 3, una careta para justificar el rollo sobre la inocencia del invitado –sólo me mojé los labios con coca cola, creo que dijo el viudo de Rocío Jurado, ese jeta de firmes convicciones católicas-, el encuentro entre el humorista y el político no fue a cara de perro –no era el objetivo-, pero tampoco fue una insufrible lamida de nalgas. Fue un encuentro cómplice, eso sí, como era de esperar y no se ocultó, dando como resultado momentos de gran altura televisiva. Nacho, aprende. 

La palabra exclusiva es tan grande como la desvergüenza de ese teatrillo que celebraron preguntador y preguntado. Una gran farsa, una humillación en toda regla al periodismo, un encuentro baboso para que el matarife en las plazas, y peligrosísimo conductor en la carretera, hablara de su inocencia y de su fe y de no sé cuántas payasadas más.

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