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lunes, 13 de noviembre de 2017

Maldeojos. Yibing



Yibing
(Artículo publicado el jueves, 9 de noviembre, en diarios de EPI PRESS)

     Para qué le voy a dar más vueltas. Yibing es la china de El hormiguero. Lleva ahí desde que empezó el año, más o menos. Cada semana, como el resto de colaboradores en la casa de Trancas y Barrancas, Yibing defiende su sección como una china, y el programa sube a las esferas de la magia televisiva. Es ella la que lo consigue, ella solita. Lo único que hace Pablo Motos es dejarla, darle pie, rendirse también a sus encantos, y sin duda lo que mejor hizo fue dar el visto bueno para tenerla en su equipo. No tiene nada que ver, pero su exotismo –ya salió la palabrita- recuerda al de la mítica Usun Yoon, que pasó triunfal por El intermedio y cuya estrella, al salir del programa, parece eclipsada. Lo de Yibing, digo, es distinto. Causa la fascinación del ingenuo, del dulce, no sé si natural, trabajada en el guión, o representada ante la cámara. Da igual. Llena la pantalla.  

     Cuando aparece Yibing la pantalla se ilumina. En su sección sólo habla de su país, de China, de sus rarezas, de los posibles puntos en común con España, de las diferentes, o muy diferentes en algunos casos, formas de abordar las mismas situaciones –la muerte, una boda, un divorcio, el contacto físico, el concepto de buena educación-. Pero eso, que podría ser un tostón, o tener un interés apenas social, desde luego no para sumario de un programa de entretenimiento, Yibing lo eleva a categoría de acontecimiento por su manera entre locuela, dulce, y a veces marciana de narrarlo. Memorable el momento en que, hace unos meses, Yibing coincidió en El hormiguero con el futbolista del Real Madrid Lucas Vázquez, al que tocó y besó casi por encima de sus posibilidades ya que el roce físico no es muy dado en los chinos. Vean a Yibing, no falla. Es grande.

lunes, 9 de febrero de 2015

Maldeojos. Todos tarados



Todos tarados
(Artículo publicado el sábado, 7 de febrero, en diarios de EPI PRESS)

      Ojo por ojo, pene por pene. Es el nivel de Gym Tony. Se lo explico. Gym Tony es una serie diaria que pretende hacernos reír. Perdón, descojonarnos. La cosa sucede en un gimnasio en el que, viendo lo que se ve, van los tarados de la ciudad que interpretan los peores actores del país, y eso que son acreditados cómicos. ¿Dónde los han escogido? ¿Quién les da la pauta de actuación? ¿Quién está detrás de esa ridícula exhibición de gritos, gestos exagerados de principiante, voces deformadas, que molestan como un coro de gallinas? Hay que estar muy seguro de que el público al que te diriges está a la altura del truño que le has preparado, una estúpida pasarela de arquetipos. El gordo, el salido, la tonta, la salida, el plumero, el feo, el salido, la zorrilla, la ingenua, el salido, el embaucador, da igual, todos salidos, todos tarados.

       En el cuadro de artistas, Iván Massegué, Tony, el dueño del gimnasio, Antonia San Juan, Berta, la recepcionista y señora de la limpieza, Santi Rodríguez, Velasco, adicto al chismorreo, David Amor, Tito, entrenador guaperas y lelo, o Usun Yoon, encargada del yoga y otros orientalismos. Basten estos nombres para demostrar que no son ni desconocidos ni primerizos. Pues fatal. Abochornan. Da mucha rabia que cuando los guionistas firman una de humor recurran no al trazo grueso sino al salivazo tosco, al tortazo verbal. Tienes que pagar un impuesto de sudor, le dice Tony al cliente seboso del local. ¿Impuesto de sudor?, responde el gordo, pero si yo aquí sólo como y cago. Qué graciosos son los jodíos. El millón que ve Gym Tony disfrutará como un cochino. Yo no estoy en la lista.

Así es. Es lo que parece. Todos zumbados. Esas caras, esos gestos, esas poosturas. Y porque no se oyen. Cuando hablan, es decir, cuando chillan, es peor.