Mostrando entradas con la etiqueta Ryszard Kapuscinsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ryszard Kapuscinsky. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de febrero de 2017

Maldeojos. La mentira no es verdad



La mentira no es verdad
(Artículo publicado el domingo, 12 de febrero, en diarios de EPI PRESS)

     Hasta aquí hemos llegado, le dijo con evidente enfado el candidato Mariano Rajoy hace dos campañas electorales al candidato del PSOE Pedro Sánchez cuando éste le dijo que no era una persona decente. Fue el momento culminante del cara a cara en la Academia de Televisión moderado por un desencajado Manuel Campo Vidal, que actuó como un robot sin alma ni reflejos ni instinto periodístico,  dejándose atar por compromisos ante los partidos a los que el periodismo no sólo se la deja laxa como una ordinariez de Aída Nídar –de hija de puta para Mierdaset ha pasado a ser la salvadora del mortecino chiringuito de Gran Hermano VIP- sino que les fastidia porque si es serio, el único que se puede llamar así, siempre estará enfrente. Pues hasta aquí hemos llegado, dijo hace unas semanas nada menos que la CNN. Y se lo dijo nada menos que al presidente de EEUU. Dicho así suena enorme. Pero hay que recordar que el presidente de los EEUU es un sabueso sin escrúpulos llamado Donald Trump. La cadena más importante del mundo dando noticias sin parar 24 horas al día hizo algo insólito en su historia el día que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, daba su primera conferencia de prensa. No emitió la cita en directo. Grabó la intervención e hizo un resumen de la misma. Nada que objetar. Pero la lectura no es tan simple. Detrás hay un posicionamiento, un golpe de estado, un manotazo en la mesa, un hasta aquí hemos llegado, señor Trump. El lío, el vinagre, la contienda, la emprendió el propio cara naranja, que dijo en su visita a la CIA,  “estoy embarcado en una guerra con los medios, (los periodistas) son los seres humanos más deshonestos de la tierra”. La gotita de la independencia periodística que colmó el vaso de la arrogancia y el matonismo del macarra presidencial fue la comparación de las fotos aéreas entre las investiduras de Barack Obama y Trump, dejando claro que la de Obama fue una investidura con más asistencia de público. Eso es incontestable porque hay imágenes. Son hechos, no interpretaciones.

La “posverdad”
      Pero no para el nuevo equipo de comunicación de la Casa Blanca ni, por supuesto, para el empresario depredador, que si no se rodea de la parafernalia del hortera, incluidas las cortinas del despacho oval, doradas como sus cuatro pelos almidonados con cemento de laca, no está en su hábitat. Quisieron hacer ver al mundo, que es estúpido y fácil de liar, que había más gente en la investidura de Trump. En las pantallas de los televisores del orbe se pusieron las dos fotografías. No había que hacer comentarios. Pero este tipo de periodismo encocora a la nueva dirección del imperio. Y el peligroso majara no soporta semejante desfachatez. Es tanta la soltura con la que manejan la realidad que Kellyanne Konway, ayudante del portavoz de la White House, puso nombre a lo que la mayoría de políticos, banqueros, religiosos, y gente de poder sueña, es decir, construir la realidad, y difundirla, no con datos objetivos sino con “hechos alternativos”, o sea, con filigrana de cocinero, elaborando con primor el mensaje, avasallando lo comprobable si no es de tu agrado para conseguir el efecto deseado. Lo de siempre, pero más descarado. Estanos en los tiempos pijos de la “posverdad”, neologismo que seleccionó el diccionario Oxford como la palabra del año 2016 y que habla de crear y modelar la opinión pública no basándose en hechos objetivos –la tierra es redonda, existe la gravedad, la Biblia o el Corán  no son ley, somos fruto de la evolución- sino en creencias –Dios creó el mundo en siete días, como pregonaba otra candidata republicana, la estulta pero no ignorante Sara Palin- y emociones individuales para influir en la opinión pública. Hasta aquí hemos llegado, han dicho los grandes medios norteamericanos. Se acabó. Ya está bien. Viendo lo que se les viene encima -retorcer los hechos con un desparpajo que va más allá de la indecencia y el atrevimiento que habla de desprecio por la inteligencia ajena, dando a entender que “da igual lo que digáis porque sólo nosotros interpretaremos la realidad”-, han decidido publicar las declaraciones de Trump y sus esbirros junto a despieces informativos para verificar lo que es verdad o mentira del “showman” que ha hecho de la política un programa televisivo a golpe de “tuit” matutino donde el presidente es el concursante de un Gran Hermano broncas e imprevisible.

San Kapùscinski
     En España tenemos decenas de ejemplos de intentos de pisotear los hechos sin adornos para escupirnos los hechos alternativos como verdad objetiva. Esperanza Aguirre o Mariano Rajoy son adalides de este sucio uso de la realidad. La verdad no es prioritaria ni perseguida como objetivo. La verdad puede y debe ser enmascarada por la apariencia de verdad, y no por la verdad en sí. O sea, la puta mentira de toda la vida. Mentira y estafa que Aznar el insufrible, sin saber que no existía más “posverdad” que la trola echó a girar el tiovivo del lobo de las armas de destrucción masiva que tenía escondidas en el bigote el malo de Hassan Hussein para atacar Irak. Rajoy volvió a echar mano de su cara dura cuando el periodista Carlos Alsina le preguntó su opinión por la decisión del abogado del PP de pedir la nulidad del caso Gürtel, opinión que no dio porque dijo desconocer la estrategia de su partido con un “me ha sorprendido usted”. Es una nimiedad, cierto, pero suficiente para que luego llegue el compadre Francisco Marhuenda o los palmeros de 13tv y líen lo dicho hasta hacer que no parezca lo dicho sino lo que tenía que haber dicho. El caso de Eduardo Inda es el otro caso doloroso que se asocia a un periodismo que no puede llamarse así, salvo que se enmarque en este “nuevo periodismo” que adapta los datos al mensaje que se pretende dar, es decir, que miente como respira. En España deberíamos por sistema hacer lo que ahora dicen que harán los grandes medios en EEUU, chequear las declaraciones. De todos los políticos. Sin excepción. Y de los periodistas, que entran en el juego de la farsa a sabiendas, o sea, dando como verdad lo que sólo es mentira. Ya lo dijo Ryszard Kapùscinsky, las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Ni buenos políticos.

La guinda
Arruinadita
No es raro ver de vez en cuando a un famosito sentado en un plató, poner el cazo en una revista, y contar que está arruinado, que no puede llegar a fin de mes, que pasa por un momento la mar de delicado. Algunas de esas caras con mucha jeta, hasta lloran. Hace unos días la mismísima Belén Esteban dijo que tenía problemas porque Hacienda, digo yo, pensaba que éramos todos menos ella. Y ahora le toca pagar. La madre que la parió. 

martes, 14 de junio de 2016

Maldeojos. Imágenes de impacto



Imágenes de impacto
(Artículo publicado el domingo, 12 de junio, en diarios de EPI PRESS)

      Escribía Ryszard Kapuscinsky en Estrellas negras –ahora reeditado, Anagrama- una anécdota espeluznante sobre racismo extremo, ese que a ningún ser sano ni siquiera se le ocurre. Habla el periodista polaco –década de los 60 del siglo pasado- de un hijo de puta integral, el por entonces primer ministro de Rodesia Roy Welensky, -hijo de un emigrado también polaco- que se reúne con otro energúmeno, el criminal congoleño Moisés Tshombe, para escuchar su delirante propuesta de incorporar Katanga, al sur de Congo, a Rodesia y así controlar las explotaciones mineras de cobre. Roy pesa 130 kilos, media vida dedicada al boxeo, y la otra, antes de primer ministro, ferroviario. Es, dice Kapuscinsky, uno de los peores canallas africanos, y su racismo, “absolutamente patológico”. En su opinión, “la mayor desgracia de África es que hay demasiados negros y por eso es imposible matarlos a todos, aunque, por otra parte, ¿quién iba a trabajar?”. ¿A que repugna? Pues bien, cambiemos a la morsa de origen polaco Roy Welensky por los chinos de hoy que se están haciendo con la riqueza natural del continente a cambio de algunas migajas constructivas y de llenar el bolsillo de los dirigentes políticos al frente de gobiernos pelele, vendidos al mejor postor blanco. En un anuncio de detergente emitido en China se ve a un negro guapísimo haciéndole cucamonas a una joven a punto de poner una lavadora. Ella lo mira y le hace así con la mano, el chico se acerca para darle un beso, pero la chica, hija de su puto padre, mala como una serpiente de colores, le pone una pastilla de detergente en la boca, le coge el cuello, y con fuerza lo introduce en el tambor de la máquina. Y oh, se produce el milagro. De la lavadora, tras unos gritos desasosegantes, sale un chico blanco, chino, que conquista el corazón de la malvada, que sonríe sin asomo de culpa. La firma Qiaobi ha tenido que retirar semejante basura –seguro que sus creadores sólo verían un gag sin mala fe, la mar de divertido- al ver el revuelo que los acusa de racismo extremo y gratuito, como todos, claro. Son imágenes de verdad perturbadoras por su aparente inocencia.

De putas y perritos
Sin reponerme del asco y la perplejidad, me entero de que Aramís Fuster, la bruja más fullera, la vidente de chichinabo, entró en barrena económica y acabó como acabará un servidor si hay alguien a quien le guste el esplendor de la carne devenido en carne ajada, haciendo guardia en las esquinas al mejor postor. De puto. Yo no soy prostituta, dice muy digna Aramís, soy dómina, claudicando como parte de las chaperas de un negocio de señoritas y señoras de carne mofletuda y temblona. Ella es dominatrix. Qué canguelo. Yo voy buscando alguien que me domine en la batalla sexual, y por muy retorcido que tenga el gusto me aparece la Fuster con las tetas fuera, las lorzas desparramadas, el aquelarre de su chichi abierto como una breva, y doy un pingo, le suelto la guita a la madama, y sin despedirme, como auto penitencia extrema, llego a casa y me pongo a ver Supervivientes sin rechistar, aunque sé que allí también emiten imágenes de una dureza límite. Me explico. He visto la secuencia de Yola Berrocal colgada de un palo en una prueba de resistencia, pero la señora no tiene tetas, tiene dos perolas llenas de látex, y la gravedad hizo el resto. Al puto suelo. Esta mujer se quita el sujetador de talla monstrua, mueve esos enfermos bultos a un palmo de tus ojos, por casualidad te da un lengüetazo con una mama, y estás perdido, es una imagen atroz que jamás olvidarás, peor que la de los simpáticos niños de Ana Rosa, la Quintana, adiestrados como monitos en 26J. Quiero gobernar. Dejen en paz a los niños, no los prostituyan, no les perviertan, ha clamado Isabel San Sebastián, otra dómina del extremo centro mediático con la que, por una vez, estoy de acuerdo. No es fácil de digerir ver a nuestros peques usados como perritos simpáticos, como loros que repiten las frases del dueño, como micos que hablan de lo guapo que es Pedro Sánchez y de que Rajoy es su héroe porque no subirá el impuesto de las chuches. Demasiado.

Cásate conmigo
La maquinaria electoral está dejando, además del mentado despropósito, sello Telecinco, un reguero de vídeos fabricados por los propios partidos donde la simpleza del mensaje habla del concepto que los ideólogos de la propaganda tienen del ciudadano, a ras del perfecto tronista, un cacho de carne esculpida con porquerías anabolizantes. Ciudadanos ha montado un anuncio con un vago, ludópata y caradura que  lleva coleta y, oh, más casualidad, se parece a Pablo Iglesias. Por si quedara alguna duda de quién es el malo, el haragán, al final del anuncio, el coletas, levanta el botellín y pide al camarero que le ponga otro, joder, macho, dice el camarero, todos los días con “la misma coletilla”. Ya lo tenemos. Del Coletas al coletilla. El PSOE convierte a Rajoy en Mariano el mercero, que vende cosas malas que no está dispuesto a cambiar. El PP echa mano de 122 gatos porque, aunque no le gustan, está “en contra de los perros”. ¿Burdo, grotesco? Hace unos meses, hipters. Hoy, gatos. TVE también padece el síndrome de pasarse la audiencia, y la ley, por el sobaco. ¿Hay algo más extremo y violento, unas imágenes de impacto más tremendas, que una corrida de toros? La 1 lo volvió a hacer. La semana pasada, desde Albacete, TVE volvió a apostar por su emisión –con Miguel Ángel Perera como torturador-. Apenas 800.000 personas de audiencia. ¿Y? TVE sabe lo que hace. Los toros es la apuesta por la fiesta de toda la vida, por la España de siempre, por “nuestras” señas de identidad. Es una cuestión ideológica. Acabo con otra imagen de verdadero impacto, la que emitió El hormiguero, aliado con un chico que, con la ayuda de Eduardo Noriega desde la pantalla del cine al que acudió con su novia, le pidió que se casara con ella ante los espectadores de la sala. O le cortas los huevos, o le dices que sí, claro. La chica dijo que sí.

La guinda
¡Boom!
Lo consiguieron. Los Rockcampers, formado por cuatro colegas, han hecho historia en eso del concurso televisivo cuyo premio es una cantidad de dinero. Nada menos que 2 millones y pico de euros. Y en Antena 3, en ¡Boom!, que presenta con gracejo Juanra Bonet. Nunca antes una bomba de cuchufleta, de vivos colores al estallar, ha dejado un rastro más dulce. El miércoles el programa superó el 20% de audiencia. Enhorabuena.