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miércoles, 22 de enero de 2020

Maldeojos. Tocapelotas


Tocapelotas
(Artículo publicado el martes, 21 de enero, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Cada programa, sea magacín de tarde o de mañana, tiene su reportero porculero –no lo busquen en la biblia del español, no existe el término, pero debería, porque es de esas palabras que se entienden a la primera-. El reportero porculero es el reportero follonero –este término sí existe-, y de ellos, la tele está llena. ¿Habrá que recordar que la cumbre que hoy habita Jordi Évole empezó a fraguarse como reportero cachondo, follonero? Son los reporteros y reporteras pesadas que, a veces, hasta en casa incomodan por su capacidad inagotable, por su sentido de la “inoportunidad” al preguntar lo que los políticos no quieren responder sobre todo en lugares desubicados que nada tienen que ver con “estas preguntas” –inauguraciones, conferencias, desayunos informales-.

     La gente profesional de la política tiene una habilidad extraordinaria para mirar en dos milésimas de segundo el logotipo que lleva el micro y así saber a qué atenerse, si la cosa va de coña, si lleva carga envenenada detrás de la sonrisa del reportero o si la pregunta el colmillo retorcido. El programa de Cristina Pardo en La Sexta la tarde del domingo  tiene su reportero tocapelotas, y se llama Luis Troya, y está, como decía, en la línea de lo que antes hicieron Marta Nebot –ahora en Todo es mentira como tertuliana- o Raúl Gómez –ahora como protagonista en #0 de Maraton man-. Que el PP da un desayuno para que la lideresa Isabel Díaz Ayuso exhiba su acreditada fama de pánfila, allá que llega Luis Troya con porras y churros a ver qué pesca, o se va a Teruel para dejar claro que no sólo existe sino que Ortega Smith hace el ridículo ante menos de 100 almas. No es extraño que los reporteros porculeros no sean bien recibidos por ningún partido.




domingo, 6 de agosto de 2017

Maldeojos. 75 euros



75 euros
(Artículo publicado el sábado, 5 de agosto, en diarios de EPI PRESS)

     Disfruté mucho hace unas noches viendo la quinta entrega de la tercera temporada de Maraton man, es decir, el simpático y jovial Raúl Gómez, programa entre el deporte, la aventura, el viaje y el respeto por otras costumbres y culturas que emite los martes en abierto –bueno, luego aclaro-, la cadena de Movistar, o sea, Cero, o sea, #0. El capítulo estuvo dedicado a una de mis debilidades, Marruecos, en concreto a la zona sur del país, la que más me apasiona, la bella por dura y emocionante del desierto, las dunas, los ríos y los valles que atraviesan, las ciudades de barro y las kasbash más hermosas, unas en ruinas, otras, en perfecto estado de revista para el turista, como la de Ait Ben Hadu, muy cerquita de Ouarzazate, la ciudad que se va convirtiendo, de forma pomposa pero cierta, en “el Hollywood africano”, o algo parecido.

     Raúl Gómez quiso saber los secretos del corredor en ambientes hostiles, y las dunas o los pedregales del desierto lo son en carne viva. Nadie mejor que el atleta marroquí Lahcen Ahansal, ganador 10 veces de la Maratón de las Arenas, para recibir esa clase magistral, y por eso corrieron por el desierto de Erg Chebaba. Lo malo, lo peor, lo que no sé si podré mantener –y tampoco cuántos lectores- es lo que me pide Movistar este mes por el servicio llamado Fusión –internet, llamadas de fijo y móvil, y #0, con los mejores programas de la tele, sin duda-. Empecé pagando 60 euros, luego 70, y ahora, sin consultarme, sin firmar nuevo contrato, de forma unilateral, por mucho que vendan la moto de que me han mejorado los megas, los gigas, los bíceps o los tríceps, sin yo pedirlo, me cuelan 75 euros. ¿Me lo explican? ¿O habrá que ir dándose de baja?