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miércoles, 28 de agosto de 2019

Maldeojos. El poder


El poder
(Artículo publicado el martes, 27 de agosto, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Los telediarios y magacines, apurando la última semana de agosto, se vuelven locos, o quizá no tanto, analizando lo que da de sí la cumbre de los poderosos, esa cosa llamada G7 que ha traído a Biarritz, a un puñado de kilómetros de San Sebastián, a la flor y a la nata de quienes parten el bacalao en el planeta. El Gobierno español, con orgullo, saca un poco de pechito no sólo por el triunfo de su colaboración con la policía francesa en la estratosférica seguridad que se despliega en este circo sino porque Emmanuel Macron, el presidente francés, invitó al español Pedro Sánchez a la cena de gala que clausuraba las jornadas. Maravilloso. Es lógico pensar que estos alardes con trasiego de políticos de aquí y de allí al más alto nivel se hacen por nuestro bien. Pero sabemos que no. El poder sólo trabaja para el poder.

     Depende del perfil de dirigente que represente a este u otro país eso se hace más patente o no, con más eufemismo o con más descaro. Ninguna reunión en la que se acomode el culo de Donald Trump o del fascista Jair Bolsonaro puede ser beneficiosa para nadie que no sea la élite, los conglomerados económicos, las grandes multinacionales. Son la cara del poder despiadado, inhumano, y obsceno. El G7 trabaja para mantener los privilegios de la crema del café, de la guinda de la tarta. En paralelo, aquí, en España, a un anciano de 81 años llamado Juan Carlos lo operan de corazón después de una larguísima temporada aguantando paciente las salvajes listas de espera, eso sí, se ha entretenido en regatas, siestas en palacio, y cócteles en su honor –El Jueves-. No sé por qué, pero siendo cosas distintas, al final es lo mismo. El poder trabaja para el poder.


viernes, 19 de abril de 2019

Maldeojos. Notre Yemen


Notre Yemen
(Artículo publicado el jueves, 18 de abril, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Lo digo rápido, y lo primero, y con mucho sentimiento. Cuando vi en Twitter una foto con una nube de humo coronando la ajuga de la catedral de Notre Dame pensé que era una broma, una puta noticia falsa, un meme de los que se hacen manipulando imágenes para darles un contenido distorsionado. Pero no, era verdad. Notre Dame ardía. Y sentí el pinchazo del dolor porque ese fuego abrió la puerta de la destrucción de un edificio que es algo más que eso porque toca la religión, la arquitectura o la literatura. A las pocas horas, antes y después de haberse controlado el fuego, llegaban equipos de televisión de todo el mundo, se hacían conexiones en directo, se hablaba con expertos, con historiadores, ingenieros, arquitectos, y se desató la locura de las donaciones. Las grandes fortunas francesas, del textil al petróleo, ponían sobre la mesa, como algunos sus cojones, millones de euros.

     A ver si lo explico con tino. Claro que hay que reconstruir la catedral. Sin duda. Y bien, aunque no sea rápido, como pide el presidente Emmanuel Macron. Llámenme un poquito o un muchito demagogo, populista, ese tipo de calificativos comodín. Pero se me cae el alma a trozos viendo que Notre Yemen se desangra y muere de hambre, Notre Mozambique, Notre Zimbabue, o Notre Malaui siguen a la deriva un mes después de la catástrofe humanitaria provocada por el ciclón Idai. Se necesitaban apenas 400 millones de los que sólo han llegado unos 90. La recaudación para Nuestra Señora de París roza ya mismo los 1.000 millones. Las prioridades están claras. Por cierto, el Vaticano ha dicho que esa iglesia no es mía y que no da ni un céntimo. Ahí también lo tienen claro.