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martes, 5 de diciembre de 2017

Maldeojos. Todos somos malos



Todos somos malos
(Artículo publicado el domingo, 3 de diciembre, en diarios de EPI PRESS)

     El titular se podría, se puede aplicar a cualquier grupo, incluidos los de Whatsapp, ya sea el grupo de los políticos donde sabemos que detrás de una sonrisa de bebé puede haber un muñeco diabólico con aspecto y barbita de Gabriel Rufián a mosquitas muertas que parecen flotar en el aire pero cuando hablan disparan con balas de cemento y organizan fuegos monumentales como Pablo Casado, vocero del PP aunque no llega al éxtasis mediático que alcanzaba el mítico extremeño Carlos Floriano, que el AVE que no llega a Cáceres lo mantenga entretenido donde quiera que esté cobrando la sopa boba, que estos pamplinosos son más listos que el hambre. Ya sea cosa de políticos, decía, ya sea cosa de criaturas del señor que viven en la pantalla para alegrarnos la vida o para acercarnos a tormentos que nos hablan de un más allá infernal. ¿Recuerdan que les contaba que hace unos días se vio en la pantalla a una hundida Lidia Lozano porque los canallas guionistas de Sálvame, llamados La Cúpula con esa mezcla de solemnidad y patetismo cutre que se gastan en ese negocio, la iban a echar a la calle? Pues ahora van y dicen que el público, al que tanto humillan y se deja humillar, la ha elegido para que sea, junto a cuatro más de la parva, la que dará las campanadas en Telecinco. Soberbio. De nuevo, rendido quedo ante perversión tan lela y necia. Todos somos malos, decía. A TVE, que no se queda manca, no sólo hay que aplicarle el cuento sino que es la maldad en estado puro desde que llegó al poder José Antonio Sánchez, el defensor del Partido Popular en la radio y tele públicas como capo de la Corporación. Pero hay malos, malas, y excepciones entre ellos. Hay malos que son muy buenos. Si usted tiene edad para recordar a Jane Wyman, la maravillosa Angela Channing de Falcon Crest, que nos brindó 9 años largos de televisión en ascuas, sabe de qué hablo. Era odiosa como su casta, pero buenísima como producto de entretenimiento. Y aquí hablamos de eso.

Angelical y venenoso
     Esta semana se ha estrenado en La 1 Traición. En la presentación de la serie hace unos días lo decía su protagonista, Ana Belén, recuperada para la televisión desde un olvido injusto. La produce Bambú, y Ramón Campos, productor ejecutivo, habla de la serie como thriller y comedia, incluso como una ficción que se ríe de la tragedia ajena. Un poco lo que hace Telecinco en sus programas basura, aunque esa es pata de otro banco ahora. En Traición, la pasión se lleva al límite del drama, y como sabemos, los peores dramas tienen lugar en la familia. Con una cena tipo oh, qué bonita es la navidad, la familia se reúne en torno a una mesa con manteles y cubertería de lujo que anuncia el principio de la catástrofe. El padre, el actor Helio Pedregal, anuncia que no firma la fusión de su negocio de despachos porque se va a morir, y mirando a su prole y a los allegados, nueras, novios, o nietos, dice que se da cuenta de que han fabricado a unos hijos sin escrúpulos. Luego, a una de sus hijas, una adusta y gélida Ana Belén le dice que las ratas son las primeras que abandonan el barco. Ambición, amores de otro tiempo y un hijo de ese amor, celos, la apariencia por encima de todo, y la maldad como motor de la vida conforman una trama que te sabe a poco cuando el capítulo llega a su final. Qué buenos son los malos en la pantalla. Traición sustituye a otros malos en La 1, al jurado mefistofélico, satánico, maligno, angelical y venenoso de  Masterchef, que se toma un descanso, corto, para limpiar a fondo las cocinas y preparar la llegada de otra timba donde ya nos hemos acostumbrado a que intercambien el rol y Jordi Cruz, que nació ángel –le dieron el otro día su tercera estrella Michelín- se ha escorado a demonio y tomó el espíritu del mal de Pepe Rodríguez, aquel mala hostia de libro que asustaba a las monjitas en sus fogones.  

Muñeca diabólica
     ¿Por qué los malos en la ficción gustan tanto? Quizá porque en la vida real son odiosos y detestables. A mí me fascina el personaje de Lena Headey en Juego de tronos, la insuperable Cersei Lannister, mala como un dolor, repulsiva como una serpiente, pero adorable en su trono de veneno, eso sí, allí, lejos, en la pantalla. En nuestra ficción, doméstica y cercana, la gran mala de El secreto de Puente Viejo, doña Francisca, María Bouzas, se ha casado al fin con el alma noble que siempre la quiso, Raimundo, Ramón Ibarra. ¿Suena a final? Ni mucho menos. Antena 3 apuesta por ella porque “es la serie más vista de España” –más de seis años ya- siendo su objetivo convertirla en la “serie más longeva”, con permiso de Cuéntame. ¿Y por qué hay malos que son tan malos en lo suyo que no gustan nada? No voy a ponerme a reflexionar tipo El pensador de Rodin poniendo el puño así, sujetándome la barbilla, para decirlo, y lo dijo enseguida, el malo de solemnidad, añejo y machista, decadente y trasnochado José Luis Moreno se ha quedado sin tarta navideña este año. Ninguna televisión ha contratado sus servicios. Ni siquiera TVE lo ha llamado para que haga su ñoño especial de Nochevieja. Hablando de malas no debo terminar la pieza sin hablar de Viva la vida, de Toñi Moreno, que me tiene pillado. ¿Vieron la entrevista que le hizo en la pasada emisión a la que se dio por muerta hace unos días, Mari Carmen, la de los muñecos? Joder, qué miedo. La cita era para demostrar que la señá Maricarmen estaba viva, y sí, lo está, pero ha salido del ataúd con un punto de malafollá que trepa. Mi prima Toñi y su sonrisa de a mí no me toques el coño, se salía del asiento porque no había manera de que la otra contara pormenores de su no muerte, y la otra no contestaba porque Doña Rogelia se metía en medio. Conclusión. A Maricarmen ya no le hacen falta sus muñecos. Su imagen actual es tan diabólica que da canguelo. A ver si le pasa como al personaje, también malo de esconder, de Carlos Bardem en Traición, que tiene una cara B como el PP, donde ¿todos? son malos.

Accidentado
El estreno el martes en Telecinco de El accidente, con Inma Cuesta –estupenda en su papel- y Quim Gutiérrez –apenas unos minutos en la primera entrega- se saldó con un resultado accidentado –duración estratosférica, lío en el guión, lenta exposición- que al final subió el tono con un giro en la trama con cuernos, narcos, o dramas familiares. Atención a Alain Hernández. Dará mucho juego.

miércoles, 26 de abril de 2017

Maldeojos. Yo, tampoco



Yo, tampoco
(Artículo publicado el sábado, 22 de abril, en diarios de EPI PRESS)

     Por una vez, por esta vez, estoy de acuerdo con doña María Teresa Campos. La veo en lo que parece una sección semanal en Sálvame, lidiado ese día por Paz Padilla, o sea, lo peor que le podía pasar a este espectador que huye de esta señora haga lo que haga. Pero justo cuando la malagueña, vestida de colorines, dando lecciones de no sé qué, pensaba irse, ayudada a levantarse por la directora de pista, se levantó rauda de su trona la gran Lidia Lozano para preguntarle, nerviosa como una colegiala, si por la noche, o sea, la del jueves, vería el estreno de la nueva entrega de Supervivientes. No, contestó seca la protagonista de Las Campos, a la que PaoloVasile le quitó sin contemplaciones ¡Qué tiempo tan feliz! ¿La Campos no vio Supervivientes con tal de fastidiar las audiencias y hacerle daño a Vasile? Mira que soy retorcido. Pero no, no fue por eso. Fue porque no quería sufrir una taquicardia viendo cómo se tiraba al mar desde el helicóptero su amado Edmundo, “que está estupendo, pero tiene su edad”.

     Yo no vi ese programa basura porque no me dio la gana, no lo vi esa noche ni lo veré ninguna otra, y por si fuera poco, esa noche, el jueves, estrenaba Iñaki Gabilondo la segunda temporada de Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años en Cero, uno de los programas más interesantes, apasionantes, entretenidos y de calidad de la actual televisión. Gabilondo viajó a Singapur para hablar con Parag Khanna, estratega global de una lucidez asombrosa, con un discurso tan brillante sobre la conectividad entre las grandes magalópiolis que se me pasó ese tiempo de televisión en un suspiro. Al acabar, no hay ni que decir que en Telecinco aún seguían cayendo del cielo mojones al agua.