En su memoria
Creo que a la
misma hora en que una paloma se posaba en la baranda de ladrillo de mi terraza,
moría un niño del pueblo. Me enteré más tarde, rondando las once de la noche.
Pero al parecer el accidente tuvo lugar al atardecer. Se dice que fue un golpe
seco, de esos que no dejan opciones. El adolescente de 14 años salió disparado
volando por encima de su bicicleta, arrastrada por el impacto del coche. No sé
quién es. No sé cómo era el muchacho, no lo conozco. Pero las noticias en un
pueblo de 2000 habitantes te van tallando una realidad a veces engañosa, otra,
exagerada, quizá con datos añadidos, hasta que todo encaja y te haces una idea
de cómo fue, de qué pasó, quién hay detrás de ese dolor. No le pongo cara a los
padres aunque alguien cercano a ellos vive ahí lado, vecinos a los que saludas
a diario. La conmoción ha sido general. Ese tipo de hechos que te paralizan por
segundos.
Hoy, mientras
familiares, allegados, amigos, y conocidos esperan la llegada del cadáver al
tanatorio, cientos de personas se preparan para pasar el día en el campo, a la
vera del río, en las choperas, y atarán entre dos chopos una cuerda para que
los niños se mezan, y se habrá preparado las tortillas, la carne con tomates,
las ensaladillas, el queso, el lomo, el chorizo y el salchichón. La gente se va
de sanmarqueo. Quizá ese chico tenía planes para hoy, para salir con sus
amigos, para echar el día en el campo. Pero todo se truncó de golpe en un
instante. Ese muchacho ya no está. Creo, o quiero creer, o me gusta creer, que
en el momento de su partida una paloma se posó en mi terraza y echó a volar
cuando se dio cuenta de que la miraba detrás de la ventana del estudio. Sé que
es una tontería, un invento poético, quizá una cursilada. Pero no está mal
dulcificar el día y un dolor que te pilla de soslayo pero que hacemos nuestro
al instante, con algo que alivia lo que no tiene remedio.
| A punto de partir, la paloma estuvo unos segundos parada en la barandilla |