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domingo, 28 de agosto de 2016

Maldeojos. Ayana



Ayana
(Artículo publicado el martes, 16 de agosto, en diarios de EPI PRESS)

     No soy mucho de ver deportes por televisión, pero es difícil no quedarte embobado si en la pantalla aparecen hombres y mujeres que hacen de sus cuerpos y sus mentes, en una maravillosa unión, unas herramientas capaces de ponerlo todo al límite. Estoy viendo a ratos, según la hora, lo que está pasando en las Olimpiadas de Río de Janeiro. Vi con un asomo de incredulidad, perplejo y encogido, el triunfo dorado de Mireia Belmonte en la piscina que le dio el oro, y comprendí la exaltación de los locutores de TVE cuando al saber que la española se alzaría con el triunfo se desgañitaban. Vi el triunfo contundente de Rafa Nadal frente al francés Giles Simon. Y la bajada en piragua, modalidad K1, de otra española que fundió sus lágrimas de alegría con el agua del río de diseño cuando se hizo con la preciada medalla, que besó Mailen Chourrat.

     Pero me quedo con otro momento. No estaba pendiente de la pantalla, pero la voz de los locutores intuyendo que se estaban viviendo momentos históricos en la carrera femenina de 10.000 metros me despertó la curiosidad. No tuvieron que señalar otra vez a la mujer. La distinguí entre el resto de corredoras. Era Almaz Ayana. Los ojos como platos. Será cursi, pero es una gacela corriendo sin inmutarse. Elegante, contundente, con unos pies que parecen elásticos, con su cuerpo delicado, fibroso, su cabeza sin apenas movimiento y sus braceos rítmicos, de una belleza matemática, me dejaron boquiabierto. La etíope no parecía humana adelantando al resto de corredoras. Claro que me la imaginé en sus entrenamientos corriendo por caminos polvorientos, una más entre etíopes que dan su vida por ser los primeros. Algunos lo consiguen. Y emboban al mundo. Como Ayana.

jueves, 5 de mayo de 2016

Maldeojos. Periodistas



Periodistas
(Artículo publicado el martes, 3 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

      Somos la leche, escribía hace unos días Pedro Simón refiriéndose a los periodistas en el sentido que algunos empresarios y editores dan a estos profesionales, es decir, algo así como hacer periodismo sin periodistas, paradoja que encaja en un mundo donde prima la comunicación pero cada vez es más irrelevante la información. Se atesoran usuarios, no lectores. Algo así como los “amigos” de Facebook. O sea, contactos, no compañeros del alma, compañeros. En este ambiente raro encajan tipos como el magnate Juan Luis Cebrián, que fomenta un periodismo sin periodistas en cuanto el periodismo le roza la barba. En este ambiente de podredumbre y éticas demediadas, de integridades laxas, se viven bochornos a este lado de la pantalla que al otro lado, en el plató, sólo son motivo de risa, comentarios de amigotes de farra, y minutos de televisión –pública- vergonzosa.

      Sucedió el viernes pasado, durante la emisión de La noche en 24 horas, una desganada cita con una tertulia abotagada, sin vida, que presenta Sergio Martín, el señor que habla dejándose por el camino un puñado de sílabas, haciendo muy difícil entenderlo. Como la cosa más normal del mundo -a ese grado de impudicia se ha llegado- se quejó de que a “las estrellas rutilantes de la televisión que me acompañan” no les llegara invitación para ver el Mutua Madrid Open –donde juega Rafa Nadal-. Yo me dejo invitar, decía el devorador de sílabas, con elegancia, pero lo paso mal por vosotros, ¿cómo os pueden ningunear de esa manera? Lo dicho, nos dejamos invitar al partido o a comer, concluyó el periodista. En la mesa, Alfonso Rojo, vaca que muge y hasta te revuelve las tripas, pidió a Villar Mir invitaciones para todos. Lo dicho, esta gente es la leche.