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martes, 20 de agosto de 2013

Mi infarto y la sanidad pública



Mi infarto y la sanidad pública


      El sábado 10 de agosto, sobre las siete de la tarde, empecé a sentirme mal. Acababa de colgar algunas entradas en el blog, prometiendo ponerme al día con las columnas atrasadas después de una semana descansando en una playa nudista de Almuñécar, en Granada. Pero no pude seguir. Un fuerte dolor me apretaba el pecho. Me levanté y me senté en un sillón. Sabía que algo no iba bien. Lo que soltaba mi cuerpo no era sudor. Tenía  una manguera en cada poro de mi piel. En ese momento estaba solo en casa. Pero no me puse nervioso. No me alarmé hasta paralizarme porque sabía que no me lo podía permitir. Tenía que llegar al teléfono móvil para pedir ayuda. Y así inicié la ruta de mis hermanos. Al final, me trasladaron al ambulatorio correspondiente. En cuanto entré, la doctora lo tuvo claro. Nos vamos de excursión, me dijo. Ya lo sabía, le dije yo. El destino era Granada. El Hospital Clínico. En apenas unos minutos la ambulancia salía del centro de salud conmigo dentro conectado a una vía de suero y algún potingue más. En la ambulancia, el conductor, uno de mis hermanos, una enfermera, y la doctora, que me colocó a intervalos pastillas de nitroglicerina.

      Recapitulemos. Hasta ahora, al margen de la lógica presencia fundamental de mis hermanos, uno en la ambulancia, los otros dos siguiendo en coche el camino del vehículo sanitario, han intervenido tres profesionales, el conductor, la enfermera, y la doctora, al margen del recepcionista que agilizó la entrada al mínimo para que en apenas unos segundos estuvieran colocándome los electrodos del primer electrocardiograma de la decena o más que me esperaban en mis días de hospital.

      La llegada a Granada fue como tuvo que ser, a lo grande, con aparato sonoro, con la sirena encendida para abrirse paso en el caos de una ciudad al atardecer. No iba nervioso. Vivía desde dentro una película que sólo acababa de comenzar. En la puerta de urgencias, nuevos camilleros, enfermeros, y personal sanitario me pasaron al interior del Clínico, que por primera vez en mi vida veía desde el punto de vista del paciente, es decir, tumbado, es decir, que veía techos blancos pasando sobre mi cabeza a una velocidad peliculera, la mano de alguien que me seguía levantada sujetando el suero, las caras fugaces de la gente que me miraba como tantas veces he mirado yo a quien ha irrumpido en urgencias sobre una camilla empujada por hombres de bata blanca, el asombro, la curiosidad, o la indiferencia de quienes esperan que el altavoz, metálico, de sonido sucio, apenas legible, llame a los familiares de Fulanito o Menganita, y el ronroneo de las voces que, aunque parezca mentira, siempre se oyen en las urgencias de los hospitales.

      A estas alturas ya estoy dentro de la UCI, así, sin contemplaciones, sin esperas en los pasillos, y de nuevo rodeado de profesionales que ejecutan un baile perfecto en el que cada cual cumple su función al milímetro. Nuevo electro, medida de tensión, de temperatura, creo que se llevan sangre para analizar, y nuevo relato de cómo fue, qué sentí, cómo me siento ahora. Me siento bien, les digo, sé que estoy en las mejores manos. Mi doctora, a eso de las diez de la noche, y después de informarme sobre lo que me van a hacer –luego sabré que se llama fibrinolisis con TNK-, me dice que tengo que dar el consentimiento porque es un tratamiento tan eficaz como agresivo. Le digo que sí a todo porque el dolor no acaba de irse, aunque ya no es tan intenso como en los primeros momentos de la gran ópera que se puso en marcha hace algunas horas. Me viene a decir, resumiendo, que durante hora y media mi organismo recibirá por la vía abierta en mi brazo un ataque de tal calibre que mi sangre, y con ella cualquier obstrucción que encuentre por los territorios infinitos de las venas, quedará tan diluida que parecerá agua, y que si llegado el caso tuvieran que hacerme una transfusión, el asunto podría ser dramático. Adelante, le digo. Fue milagroso. El dolor, la presión, la sensación de no acabar de estar bien, se diluyó como la posibilidad de que mi sangre se convirtiera en agua durante unas horas. Luego creo que me quedé dormido.

      Recapitulemos de nuevo. He perdido la cuenta de la gente de la UCI que está pendiente del más mínimo funcionamiento de mi organismo y de mis necesidades fisiológicas. Desde que me desperté tuve la misma sensación que tuve desde el primer momento en que mi vida dependió de una gente que no conocía, o sea, que estaba en las mejores manos, que no tenía miedo, que todo iba bien. En la UCI estaba atado a electrodos que leían mis latidos, las alteraciones de mi corazón, y de reojo, de vez en cuando, miraba los monitores que recogían ese lenguaje de rayas que dibujan afiladas montañas de luz verde y números que oscilan y que sólo los profesionales saben descifrar para saber que tu corazón y tu vida siguen atados a la misma empresa. Las primeras ecografías confirmaron la sensación que tenía, que no había daños irreparables en el gran músculo, que mi corazón estaba intacto, que no había ningún rincón necrosado, que palpitaba con normalidad, que sonaba bien.
En planta se confirmó cuando me hicieron una ecografía más detallada y precisa, y nuevos electrocardiogramas, y nuevos análisis de sangre y orina. Han pasado apenas cuarenta horas, estoy en la cuarta planta del Hospital Clínico Universitario, y aquí, en la sección de Cardiología, parezco un rey atendido por los mejores profesionales de la sanidad pública. Camilleros, enfermeras, personal de limpieza, cocineros, nutricionistas, auxiliares de enfermería, doctoras, doctores, equipos de cardiólogos, todos, una legión de hombres y mujeres, sobre todo mujeres, vigilándome, analizándome, haciendo que mi vida en el hospital sea lo más agradable posible. Seguro que habrá pacientes, y familiares de pacientes, que tengan que contar otro tipo de experiencia, pero yo sólo tengo palabras de admiración, respeto, y cariño por ese personal sanitario que ha puesto de nuevo en órbita mi vida.

      También estoy seguro de que estos profesionales tienen otra visión de su situación. Es decir, la visión del trabajador que ha visto su sueldo mermado, sus derechos encogidos, sus horas de trabajo aumentadas, incluso más de uno habrá recibido, y recibe, los improperios de pacientes impacientes que miran el dedo del que apunta en vez de mirar lo que apunta el dedo. Sin embargo en ningún momento, desde la señora que limpia a conciencia la habitación, a la cardióloga que maneja con concentrada sabiduría maquinas sofisticadas, han mostrado su malestar, su resquemor, en nada ha influido su situación laboral, a veces de acoso y desánimo, en el trato recibido.

      El viernes 16 de agosto, en ayunas, a las ocho de la mañana, me trasladaban de nuevo en ambulancia hasta el cercano hospital Virgen de las Nieves para hacerme la última gran intervención, un cateterismo. No tenía ni idea de lo que era eso. Y es alucinante. En los monitores ves el interior de tus arterias, el flujo de la sangre por las venas, las rítmicas palpitaciones de algo que tú imaginas que son las puertas de tu corazón, el pericardio, dominando sus alrededores con la majestad de una máquina perfecta y tan sensible que a la más mínima lesión acusa su enfado. Los doctores, dos jóvenes facultativos protegidos por ropas espanta rayos nocivos, me dijeron que no mirara los monitores si era aprensivo. ¿Que no mire? Esto no me lo pierdo por nada. Es la primera vez, y espero que la última, les dije, que veo el interior de mi cuerpo. Y allí estaba, en blanco y negro, con esa cruda belleza de la vida luchando por la vida. En la muñeca derecha me habían abierto un túnel de acceso por el que meter, vía arteria, los materiales de construcción necesarios. Sentirás un pinchazo, una quemazón muy elevada, y luego, nada, tranquilo, ya estamos dentro. Dentro de esa arteria estaba el catéter, la cámara, y el stent, anglicismo que denomina al dispositivo que te dejan en la arteria dañada y que actuaría si volviera a obturarse. Yo vivía uno de los momentos más intensos de mi vida, por muchas razones. Por lo que estaba viendo en las pantallas, por saber que me hurgaban y no sentía dolor, y por la convicción de que me reparaban algo como cuando repara el fontanero una tubería atorada, pero sabiendo que se estaba empleando una tecnología sofisticada, extraordinaria, unas herramientas tan diminutas como de potente eficacia. Sabiendo que mentes privilegiadas, equipos de investigación sin descanso, hombres y mujeres entregados a la ciencia desde un anonimato casi bochornoso, habían hecho posible que ahora, en ese preciso instante, por el interior de mis venas, estuviera haciendo uno de los viajes más portentosos que alguien pueda imaginar. También sabía que la pareja de facultativos que me colocaron el dispositivo terapéutico y preventivo no estaba sola, que fuera de la sala donde esa maquinaria que se mueve por carriles, con brazos articulados, como una araña gigante y silenciosa, con cuatro monitores colgados en su cuerpo central, pero con una precisión de mamá, había un equipo de cirujanos preparado por si algo iba mal, un equipo de entrañables y juguetonas enfermeras preparado por si algo iba mal, un equipo de personas preparado por si algo en mí iba mal.

      Y aquí me derrumbo y lloro. Literal. Estoy llorando mientras escribo porque no me da la gana de reprimirme ni de contarlo, porque sé que hasta ahora, hasta que de nuevo me vi en la casa, la sanidad pública se ha gastado en mi vida un dinero que yo no hubiera podido pagar, y también por eso, porque tengo una sensibilidad de cojones, me cago en tanto hijo de puta suelto, en tanta perra, en tanto corrupto y miserable, en tanto político de mierda que quiere acabar con la sanidad pública para ofrecerla como negocio a la empresa privada, que nunca, jamás, miraría por mi salud sino por su beneficio. Si la sanidad pública está en peligro, y en estado de desmantelamiento programado, los ciudadanos estamos en peligro y en estado de desmantelamiento deseado. No podemos consentirlo. No podemos votar a partidos políticos que juegan con nuestra vida en nombre de unos ahorros torticeros que cortan el grifo de unas mangueras, justo las que sostienen el estado de bienestar, y abren sin freno el chorro del caudal de esos dineros para que la luz de la abundancia no deje de iluminar los chiringuitos privados. La sanidad pública salva vidas, o debería, sin mirar la cartera del paciente. La privada te mira la cartera, y luego, ya veremos. Las políticas de los gobiernos, sean del color que sean, jamás son ingenuas se trate de la materia que se trate. Las políticas sanitarias también son ideológicas. La que vivimos ahora lo es, y avergüenza y aterra. E indigna.

      Y por último, que no es poco. Es más, es lo más. Este infarto, que me tendrá atado a medicamentos y que me ha quitado de golpe el tabaco, uno de los placeres más absurdos que nadie pueda imaginar, también me ha dado emociones que apenas estoy aprendiendo a gestionar. Desde que cundió la noticia de mi hospitalización las muestras de cariño no han cesado. Llamadas, correos, mensajes, cientos de personas preocupadas, y otras tantas, prudentes y silenciosas, esperando noticias. A todos, a todos, gracias, muchas gracias. Me sale de los huevos ponerme tierno y deciros que sí, que de alguna manera ha llegado a mi corazoncito herido el aliento de vuestro ánimo, que os quiero, coño, y que sé que me queréis. Venga, un beso. Huy, cuidado con esas lágrimas, que no tengo el chichi para muchos tábarros. 

Haciendo el payaso en el pasillo en una foto ante la cámara de mi sobrina Ana. La talega blanca que me cuelga no es atrezzo. Es un artilugio que va conectado a unos electrodos pegados a mi pecho. Sin césar, este vigilante emite señales de mi corazón que se reciben en el control central de Cardiología. El resto, es puro montaje, tontería, teatro.


Esta visita inesperada, la de Isabel y Ángel, mis otros hermanos, los de Murcia, resume la intensidad de unos días plenos de alegría y emoción. Estaba a punto de comer -obsérvese el panecillo en la bandeja de la izquierda-, pero la comida más nutritiva me la dieron ellos, Isabel del Moral y Ángel Haro, que hizo la foto.