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miércoles, 10 de abril de 2013

El origen del mundo. Julie.



Julie

      Con apenas quince años comenzó la búsqueda. La primera vez fue un accidente, o eso se decía ella, un despiste. De pronto se vio en el urinario de los chicos, y allí estaba él, un muchacho de su edad. Dio un respingo casi horrorizada por la vergüenza al tiempo que reculaba buscando la salida. Pero en vez de alejarse de aquel hallazgo fascinante,  una fuerza parecía empujarla hacia el movimiento pausado del joven, que congeló su gesto en una cara lela, pero no su mano, afanada en mover arriba y abajo una carne que dejó hace tiempo de ser el rico gusanito que se comía mamá y papá entre risas para ser una estaca con gana de matraca. Julie se humedeció los labios manteniendo la mirada fija hasta colocar su boca al nivel de un mar tan nuevo como impetuoso. 
      
      Ella jamás lo había hecho, pero al muchacho le pareció un milagro ver cómo su juguete entraba, salía, volvía a entrar, y volvía a perderse hasta la raíz, oscureciendo con su tierno vello los labios de la colegiala. A ese día la siguieron otros. Con otros chicos. Con todos. Ya ni siquiera disimulaba. Entraba al urinario equivocado y se quedaba. Julie creció, pero mantuvo esa costumbre. Lo hacía en los servicios de las estaciones de tren, de autobuses, de los aeropuertos, y siempre pescaba algunas piezas. Jamás por dinero. Ella no era una puta. Lo dejó cuando una tarde, rondando los 70, un joven le dijo que ese no era el servicio de señoras, que estaba al lado. Julie le hizo ver con su boca entornada, humedecida por su lengua, que ella buscaba otra cosa, pero el muchacho le acercó un poco de agua creyendo que la mujer estaba sedienta y trastornada.