viernes, 20 de enero de 2017

Maldeojos. Tú sí que no



Tú sí que no
(Artículo publicado el jueves, 19 de enero, en diarios de EPI PRESS)

     Se les ha ido el perol. A los de La Sexta. He tenido que dejar varios días entre el estreno de Tú sí que sí y esta pieza para no despacharla con un solo calificativo sin matices, una mierda. De las gordas. La audiencia de La Sexta no se merece semejante despiporre con la maldita búsqueda de talentos como excusa. Ya está bien, maldita sea, ya está bien. Ya va siendo hora de parar. Entre cocineros, cantantes al por mayor, saltimbanquis de todo tipo, aspirantes a futbolista de relumbre, y jóvenes que sueñan con ocupar un asiento en Mujeres y hombres y viceversa, este país es una ruina. Y ahora llega La Sexta, la misma cadena de El intermedio o Más vale tarde, y monta un plató con muchos colorines para que Cristina Pedroche presente Tú sí que sí, otra antigualla de grupos de baile rítmico, tenores espeluznantes, gimnastas con paquetes gordos y apretados para echar unas risas con el jurado Rafa Méndez, que del joven sólo le importó lo que debía de importar, su “enorme paquete”.
     Hasta el jurado, del que también forma parte Silvia Abril, desprende el aroma fétido de quien está ahí interpretando un rol manido, y cuya única motivación es la pasta, cuanta más, mejor, y a correr. Gane quien gane este absurdo, añejo y patético concurso que se  queda en la estela de Tienes talento, en la mamarrachada de Insuperables, y en el Tú sí que vales que emitió en 2008 Telecinco, y hasta hoy. Nada cambiará, ni en la vida del ganador ni en la del país. Que levante la mano quien recuerde un solo ganador de este tipo de concursos a lo largo de los años. La Sexta se ha equivocado. La audiencia no. Mínima. El paquete de los gimnastas no justifica Tú sí que sí.  Así que Tú sí que no.


miércoles, 18 de enero de 2017

Maldeojos. Por culo



Por culo
(Artículo publicado el martes, 17 de enero, en diarios de EPI PRESS)
      En la cadena Bedaya de Arabia Saudí, en el concurso para jóvenes Increase your credit, algo así como una guía para aumentar las expectativas laborales, para ganar dinero y para ahorrarlo, uno de los concursantes agarró por la cintura a otro, y simuló, con movimientos exagerados, de broma, que mantenía relaciones sexuales con el chico. Oh. La que se ha liado. Las redes se incendiaron. La escena perturbó tanto a la audiencia que se pidió al gobierno que se prohibiera el programa por indecoroso, pornográfico, por insultar a la religión –con un par de cojones-, por escena de una suciedad insoportable, y por emitir –cágate, lorito- porno gay. No sé si el turbante les fríe el seso a estos machos y ven cosas que nadie ve, quizá temiendo, o deseando, que algún amiguito les levante la chilaba, el thawb, y los ponga mirando a la Meca. ¿Porno gay? La hostia.
     En Arabia Saudí la homosexualidad no sólo es ilegal –hay que estar zumbados para ilegalizar lo natural, algo así como si se ilegalizara tener los ojos de color caramelo- sino que te puede costar la vida. El delirio de la ingenua escena de “porno gay” llegó al estrambote de que la cadena ha hecho público que el concursante ha pedido perdón  por sus actos ante la audiencia, ante la religión, y ante dios. En ese país, que podría echarse a la calle por gilipolleces de este calibre, nadie se mueve por el sometimiento de manera sistemática de la mujer, un cero a la izquierda, ni por el machaque sin recato de los derechos humanos, ni por la falta de libertades, ni porque eso de la democracia es una cosa del diablo. Pero son nuestros aliados, coño, y hay negocios que atender. Al país del porno gay ha llegado Felipe VI. Ojo, majestad, que los beduinos la tienen muy grande.

martes, 17 de enero de 2017

Maldeojos. La tele que los unió



La tele que los unió
(Artículo publicado el domingo, 15 de enero, en diarios de EPI PRESS)

     Proliferan en la tele los programas de citas como prolifera el mal rollo entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, que cada día dan un pasito más para que no decaiga el “reallity show” que se han montado para demostrar que la política es gloriosa y soñadora cuando no te dedicas a ella pero tramposa y fullera en cuanto alcanzas poder. Cada cadena tiene uno, o dos, o cinco. Los relamidos y acomplejados, o creyendo que están en la cresta de la ola de la vanguardia terminológica que copian de las cadenas que hablan inglés, los llaman programas “dating show”, o sea, programas de citas. Pero no los llaman así porque programa de citas es anodino y vulgar, y también para enturbiar el nombre y, con el inglés, pretender elevarlo a una categoría más elevada.  Paletos. Bien. Pues como el Fisrt dates de Cuatro, a espuertas, se llame como se llame el invento. Ya desde los tiempos de Jesús Puente, en la prehistoria televisiva de nuestras pantallas, se emitió Su media naranja, que estuvo en antena seis años. Se trataba de averiguar la compenetración entre las parejas, que unas veces era alta y otras parecía que ni vivían juntas. Memorable, y relamido, como todo lo que tocaba la señora, fue Lo que necesitas es amor, formato que emitió Antena 3 y presentó en su primera etapa la divina ególatra Isabel Gemio, que trataba de que personas anónimas consiguieran el amor o recuperar el que habían perdido. Era la década de 1990 del siglo pasado. La cosa no ha cambiado mucho. O sí. Tiene un matiz. En los programas de citas ya no es prioridad sacar de la cita una pareja. Es más, puede ser lo último que se busque. Se busca, ante todo, brillo social, que te conozcan, quizá impulsar tu carrera, hacer bolos por las discotecas del extrarradio, tener los putos famosos quince minutos de gloria de los que habló un hacha para esto de la fama, don Andy Warhol, o por mera necesidad, que hay que tener lentejas en la despensa para poder comer.  

¿Eso es amor?
     Una tal Yurena, antes Ámbar, antes Tamara, y antes, al principio del tiempo, cuando su madre la parió en setiembre de 1966, María del Mar Cuena Seisdedos, pasó por First Dates y al conocer al pretendiente que le tocó dijo que “hacía tiempo que no sentía tanta química”. Le moló el chorbo que le había tocado en suerte en el especial que el programa hizo el sábado pasado con famosos de talla monumental como Yola Berrocal, otra imprescindible con las tetas bien puestas, a reventar. Ninguna ha tenido suerte en el amor, pero Carlos Sobera está dispuesto a remediarlo. Se ve que hay tanta necesidad de emparejarse, tanta hambre de amor catódico, y fama esquinera y fungible, que la semana nos deja dos estrenos que se unen a formatos de amor bajo los focos ya existentes, y en distintas cadenas. Cuatro es la reina, es la Celestina coronada, la alcahueta postinera, la niña del exorcista que expele sus vomitonas por la pantalla, la más friki, la friki entre las frikis. No tiene bastante con Granjero busca esposa, donde rudos señores han de pelear desde el establo o con el arado por señoritas finísimas, algunas como si salieran de la barra del puticlub, relaciones de chichinabo bendecidas ahora por Carlos Lozano, él mismo con olor a naftalina, caduco y machista, sino que la cadena ha recuperado a la gran Luján Argüelles para presentar un revolucionario sistema de conquista, así lo dice la cadena en sus promociones, con Tú, yo y mi avatar. Enamórate a ciegas, pretende el programa. Deja a un lado las apariencias y busca el amor de tu vida sin ver el cuerpo del otro. El pretendiente permanece en el anonimato y tendrá que conquistar al candidato a través de su avatar. Es la mecánica, lo que da lugar a confusiones, dobles sentidos, lío, o sea, todo un circo en nombre del amor pero donde el amor es lo de menos.

Trump y el gitano
     Sí, vi la primera entrega. Me aburrí a la cuarta chorrada. Muy bien montado, muy buena postproducción, muy colorista, y Luján, como siempre, con su toque irónico, pretendían que Tú, yo y mi avatar entrara en casa para quedarse. No se quedó. Nada de lo que veía me concernía. Me resbalaba. La selección de candidatos y pretendientes, la selección de avatares, con Patricia Conde como avatar conocido, y las cosas que les hacían hacer, me resultaban de una estupidez cansina. Tiene el toque que da Cuatro a estos formatos, el toque de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Un príncipe para… Cansa. El surrealismo choni, poligonero y fabricado, que banaliza los sentimientos en nombre del espectáculo, está fenomenal, pero que no lo llamen amor cuando quieren decir circo. El mismo día, pero en Antena 3, irrumpió de nuevo la tercera temporada de Casados a primera vista. Otro cachondeo. Un equipo de sicólogos, sexólogos, y otras disciplinas, estudian cada caso, cada aspirante a casarse, hasta dar con su media naranja. Se conocerán cuando la “lisensiada” mejicana, dentro del hotel, con ofertas todo incluido, se acerque para leer el acta matrimonial. En la primera entrega destacó la boda entre un gitano de 24 años y un peluquero de 36. A la boda gitana gay en Méjico sólo le faltó, como esturreaban las redes, que la organización hubiera invitado a Donald Trump. Es verdad que Casados a primera vista es mero entretenimiento, pero hay un matiz. Quienes van ahí es gente de la calle, no son ni aspirantes a modelos, ni cantantes frustrados, ni putillas o putitos con gana de promoción, ni hormonados no admitidos en Mujeres y hombres y otras berzas –otro de citas donde el amor es de coña-. Pero el clásico de los programas de citas es La tarde, en Canal Sur, donde Juan y Medio y su bigote son la alcahueta de toda la vida, nada de Fisrt dates ni puñetas. Aquí la Rosi, aquí el Manolo. Sin mariconadas. Señor con señora. Lo de siempre, sin “modernuras”. Y sin avatares ni chuminadas. Sin efectos ni posproducción de vídeo clip. Que ningún andaluz o andaluza, ningún amigo o amiga, dice Susana Díaz, ningún novio o novia, ningún marido o marida, se quede sin amor, calla, coño, Susi, que se te va la olla. En fin, que lo que la tele una no lo separe la tele.

La guinda
Raíces
El guapísimo Malachi Kirby es Kunta Quite en la nueva e impresionante versión de Raíces, la mítica serie de los 70, que enfrentó al espectador a la tragedia de la esclavitud más descarnada gracias a la durísima historia de este esclavo que luchó por su libertad. La historia es la misma, pero la narración es arrebatadora, cargada de un poderío visual que te deja pegado al asiento.  En cuatro entregas, Raíces vuelve a hacer historia.

lunes, 16 de enero de 2017

Maldeojos. Canta, canta



Canta, canta
(Artículo publicado el sábado, 14 de enero, en diarios de EPI PRESS)

     Rodeados por concursos baratos para dar con la luz del talento canoro, llega el teatro y le da la vuelta al pollo, le retuerce el pescuezo, y sale una obra brillante que mezcla el aire de la tele y las historias que vimos en el cine en nombre del terror.  En La mejor canción del mundo –La Rambleta, Valencia-, de Jaime Pujol y Diego Braguinski, con dirección del actor y dramaturgo Jaime Pujol, todo lo que ocurre en escena es familiar, el espectador tiene múltiples referencias musicales, visuales –destacable trabajo el que firma el cineasta Josevi García Herrero, culturales en general, para dejarse llevar por una historia dramática –los personajes, interpretados por Víctor Lucas, responsable del apartado musical, el propio Braguinski, María Zamora, Mamen Mengó, y Paula Braguinski, tienen que componer, bajo amenaza de muerte, la mejor canción del mundo en 24 horas-, historia dramática que sólo el amor es capaz de endulzar.

     Ágil, divertida, con excelentes interpretaciones, La mejor canción del mundo se monta con un sentido de la austeridad admirable al servicio de una trama que por momentos es tan hilarante como adictiva. La grandeza del talento de la compañía Ornitorincs en esta función es hacer de lo popular, de las referencias cotidianas que maneja el ciudadano medio, un espectáculo de altura sabiendo que ese espectador, quizá cansado de que lo tomen a chufla como mero consumidor de productos clínex, es cómplice de una acción que espera hasta el momento final para dar la campanada, una sorpresa que nadie adivina pero que… hasta ahí puedo decir. Si La mejor canción del mundo va a su ciudad, no lo dude, véala. Verá de otra manera los concursos musicales de la tele.

viernes, 13 de enero de 2017

Maldeojos. Pulsaciones



Pulsaciones
(Artículo publicado el jueves, 12 de enero de 2017, en diarios de EPI PRESS)

     No me extrañaría que Mariló Montero, la denigrada, la de las salidas de tono, la loca que soltaba en el plató lo primero que pillaba a mano en su magín, esté ahora diciendo, qué, qué me decís, no estaba tan chiflada cuando reflexioné en voz alta al decir que no está comprobado que el alma no sea trasplantada con los órganos. ¿Y ahora qué? Yo que ella volaría de Nueva York a Madrid, con billete de vuelta, señora, tampoco se pase, me plantaría en el plató, echaría una mirada de fuego, y me iría dando un portazo a esta España burra que no la comprende. Ahora resulta que viene Antena 3 y Globomedia, y Emilio Aragón como director, estrenan la serie Pulsaciones, y basan la historia en la línea incipiente de investigación que lleva una científica franco-canadiense sobre que el corazón como órgano tiene memoria. Pero ojo, Mariló, no flipes, es sólo ficción.

     En Pulsaciones, un neurocirujano, Pablo Derqui, recibe el corazón de un periodista que ha sufrido un accidente, Juan Diego Botto, y empieza a notar vivencias que jamás notó antes. En el primer capítulo, al principio un poco lento, como si no acabara de centrarse en el ojo de la tormenta, vemos que el trasplantado acaba frente a la casa del periodista y reconoce a su viuda, Ingrid Rubio. Está claro que su vida ha cambiado porque siente que tiene que resolver lo que dejó pendiente su donante. La historia es interesante, y está narrada con una planificación y sintaxis atrevida, igual que la elección de actores, Leonor Watling entre ellos, o sea, apostando por caras que no son las de siempre. Que los escenarios exteriores tengan relevancia añaden vivacidad y grandeza a la producción de Globomedia, que parece, con Vis a vis, haberse quitado la caspa de encima. Véanla.