Mostrando entradas con la etiqueta Cachitos de hierro y plomo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cachitos de hierro y plomo. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de enero de 2020

Maldeojos. 2020


2020
(Artículo publicado el jueves, 2 de enero, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Qué raro. 2020 me sonaba, creo que nos sonaba a más de uno, a futuro muy futuro, nos sonaba a ciencia ficción, a lejanía insondable. Y fíjense, aquí está, aquí estamos. Hemos dado la trecha al calendario. En apenas unas horas pasamos del cansino runrún del traje de la Pedroche en Antena 3 o de la clásica, y ya amojamada estampa del donjuán de La 1 Roberto Leal, presente en todas las ceremonias como el ajo en las comidas junto a la también tutankamona elegante y hermosa Anne Igartiburu, hemos pasado de la música de consumo, digo, de los especiales nada especiales, a la música y la ironía de Cachitos de hierro y cromo, que para quienes ya no vamos de discotecas y el cotillón es una cosa que da sarpullido, resulta ser la mejor opción de la noche en el mundo tele y casa, un lote que no falla el 31 de diciembre. Y en La 2.

     El programa que presenta Virginia Díaz, aparte del archivo insondable de TVE, no sería nada sin los guionistas gamberros que rotulan con acerado y brillante humor las actuaciones. Son Pablo González y Antonio Vicente, que no dejan de sorprender con su habilidad para mezclar el polvo –ya clásico- de artistas de hilarante imagen con la actualidad de 2019 que se fue. En apenas unas horas se pasa de las uvas, del cava, y de Cachitos de hierro y cromo, o sea, de un año, al siguiente, y en mi caso, como hace ya muchos,  al Concierto de Año Nuevo. Un lujo. Esa música de los Strauss es el sonsonete ideal para espabilarse con energía y esperanza. La tradición manda que en los bises se escuchen los valses El Danubio azul y la Marcha Radetzky, del hijo y del padre, ambos Johann Strauss. Excelente manera de empezar 2020. Les deseo lo mejor. Sean felices. 

lunes, 30 de diciembre de 2019

Maldeojos. Promesas de arena


Promesas de arena
(Artículo publicado el domingo, 29 de diciembre, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     Seguro que les suena de algo el titular. Puede ser el nombre de una novela, Promesas de arena, de Laura Garzón, o el nombre de una serie, Promesas de arena, que finalizó hace dos lunes en La 1 con mucha pena y poca gloria. He dejado a propósito pasar capítulo tras capítulo de la serie porque estaba en un sin vivir, en un tris, eso de no saber si echar mano del abrigo o del bañador. Miren, las caras de Andrea Duro, la protagonista del folletín, no han ayudado mucho, o sí, para echarse al monte. “Order, order”, como diría John Bercow, el ex presidente del parlamento británico, pero sin la mala hostia y guasa que se gasta el menda. Vayamos por partes, por orden. Promesas de arena se desarrolla en el libro en Israel, según leo en Wikipedia, pero aquí nos interesa la serie, y en la serie la cosa se vive en Libia, en un hospital dirigido por la cooperación española en manos de la ONG Acción Global. Es un lugar atractivo y peligroso, sobre todo para quien llega de un país cómodo como el nuestro y tiene el corazón fácil. O sea, conflicto amoroso y terrorismo de islamistas endemoniados, tráfico de armas y nativos que son tan guapos como sucia y oscura su alma, y tensiones personales que genera el deseo y el amor. Más o menos. Además, qué más da. No habrá segunda temporada de Promesas de arena, así que si te vi, no me acuerdo. El guapo oficial es el malo, un malote de esos que saben a donjuán de playa, un tal Francesco Arca, italiano que concursó en la versión de allí de Mujeres y hombres y viceversa, en La granja, o en Pekin exprés, es decir, un experto en programas basura, en televisión de poca monta, vulgares y necios. Hace de Hayzam en  Promesas de arena, y en las redes se decía “es un borde, pero está buenísimo”. Ya está. Lo demás, un disparate. Los trucos y giros de guión, ruinosos. Los efectos especiales, de risa. Andrea y Francesco, tal para cual. Y así todo. No importa. El trago ya pasó. Y aquí hablo de Promesas de arena porque el titular me mola. Se acabó.

España nos roba
     Pero además de esas promesas en este final y comienzo de año hay otras que  son de arena y se las lleva el viento, como adelgazar, gastar menos, consumir menos agua, no pecar para que dios no mate otro gatito indefenso, no ver otra larguísima edición de Gran Hermano –en realidad, las marcas han obrado el milagro de su muerte retirando en bloque la publicidad, el único lenguaje, el del dinero, que entiende Paolo Vasile-, no creerme los lloros de Adara, la ganadora, madre mía, madre mía, dice la mujer todo el rato con las manos en la frente como una actriz antigua, no cabrearme ni tomarme en serio cuando vea a Inda, no hacer cuentas de lo que diga nadie al que presenten como “periodista de Ok Diario”, tomarme a broma, pero con miedo, los disparates de la gente de Vox, no sé, prometer con la solemnidad debida que no me afecta nada enterarme de que Milagros Jiménez, conocida como Mila en el submundo, en realidad es la que ha ganado lo de Gran Hermano, ha ganado más dinero que la ganadora del concurso, la mentada Adara. Frente a las migajas de esta chica, la suculencia bancaria de Milagros. Nada menos, calculan, que cerca de 350.000 euros en unos meses. Es decir, más que la gente que se dedica a la investigación del cáncer en un puto año, más que la profesora de tu hijo, más que tu médico de cabecera, más que los hombres y mujeres que cuidan a las personas mayores, coño, más que el presidente del Gobierno, en funciones, a pleno rendimiento, o mediopensionista. Y sin duda, más que usted, salvo que sea un Jordi Pujol, Jordi Pujol i Solei, ex presidente catalán, uno de los tantos que ponía la vena de María Patiño hasta el culo de gorda gritando que “España nos roba” y ahora se entera uno de que era él quien robaba porque no tributó a Hacienda un puñado de billetes que ronda el millón, ay, pero la cosa ha prescrito. Bien, prometo sobre la arena de esta rabia tonta que no me tiraré al tren y seguiré como si tal cosa con la vida.

Cachitos
     En el Masterchef de los chiquillos, que empezó el lunes –aún no hay Masterchef de rubios, Masterchef de doctoras, Masterchef de quinquis, Masterchef de peluqueras, pero nunca es tarde- me entero de que hay una nena que tiene un truco infalible para que todo salga bien, rezar antes de empezar. Pero esta redicha no tiene las habilidades del resto, que son pura exhibición de mocosos que tocan el piano, que han escrito un par de libros y están con su primera novela, que tienen un canal en Youtube , que hacen los muy jodidos esferificaciones –palabreja más abultada que su escaso metro y pico-, o un gazpacho andaluz siendo catalán –hala, Quim Torra i Pla, tómate esa- que no se lo salta una liebre y además tienen como artista de cabecera a Paco Martínez Soria y recitan de carrerilla sus obras completas. Suficiente. Ahora entiendo por qué me desconecté de Masterchef como se desconecta uno de un amor tóxico, sea el que sea. Los monos, ni en la feria. Raro que es uno. Así que prometo sobre la arena de esta pieza no volver a ver un programa de este formato. Dicho queda. Y no creo que la promesa se la lleve el viento, que para estas cosas soy muy estricto. Nada que ver con los veletas que manejan Atresmedia, que vuelven una y una vez a las andadas. Como por ejemplo, La isla –un Supervivientes a lo bestia-, que amenaza con instalarse en La Sexta, nada menos que en La Sexta. Lo bueno, que lo tiene, es que no lo presentará como la otra vez Pedro García Aguado -Hermano mayor, Cazadores de troll- porque, ay, pillín, diste el salto a la política como director general de Juventud de la Comunidad de Madrid en los mullidos colchones del PP, Ciudadanos, y Vox, droga dura, colega. Otra cosa que sí prometo, y a ciegas, sin saber el menú, es que dentro de un par de días, cuando las teles ofrezcan sus menús caducos, sus mascaradas musicales, cuando despidan un año y abracen el nuevo con sus pamplinas, servidor y un grupito de serenos escépticos, de ver algo será lo único potable, Cachitos de hierro y cromo en La 2. Va por ustedes. Buena entrada de año.

La chispa
Álvaro Morte
Es lógico que La casa de papel, protagonizada por el estupendo Álvaro Morte como El profesor, vaya subiendo puestos cada vez más altos en la escalada del éxito. Lo último, que no es poco, ocupar, según el The New York Times, el puesto veinte en un listado de las mejores series internacionales de la década. El salto de Antena 3 a Netflix hizo de la creación de Álex Pina un bombazo mundial que ya mismo estrena su cuarta temporada.

lunes, 7 de enero de 2019

Maldeojos. La Vox


La Vox
(Artículo publicado el jueves, 3 de enero de 2019, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     La última noche del año en la tele es, desde hace varios, la cosa tonta de ver si Cristina Pedroche acaba enseñando el chichi. Este tampoco lo enseñó. Y también si Alberto Chicote seguirá adelgazando. A ver en qué quedan asuntos tan capitales cuando termine el que acaba de comenzar. Ya ni siquiera interesa saber cómo lo hizo Roberto Leal en su estreno en La 1 –qué traje más feo le pusieron-, junto a la maestra Anne Igartiburu. Y por supuesto, las uvas en Telecinco son un agujero negro televisivo. Han pasado no sé cuántos días y aún no me he enterado de quién puso la cadena para acompañar a su audiencia. La nochevieja no es nada de eso. La nochevieja es, también desde hace algunos años, el especial de La 2 de Cachitos de hierro y cromo. Podría ahorrarme esta pieza yéndome a mi archivo, copiar el artículo del pasado año, y publicarlo hoy.

     Junto al especial de José Mota, Cachitos de hierro y cromo, copando las dos cadenas públicas nacionales, es lo mejor de la noche. Pero lo mejor, con abismal diferencia, con descojonante diferencia. El Cachitos que marida archivos de RTVE, que echa mano de gente de Radio 3, y que presenta Virginia Díaz, alcanzó una cota de humor que rozó la gloria este año, una combinación de ingenio, inteligencia, chispa, hilaridad, complicidad y arañazo social que consiguió que muchos no pudiéramos irnos a la cama a la hora en que nos hubiera gustado para estar frescos y escuchar en pijama el Concierto de Año Nuevo del día siguiente, el otro gran clásico de estos días. Valga este ejemplo. Mientras cantaba Bertín Osborne el New York de Frank Sinatra, se leía en los rótulos La Vox. Resumir en una palabra tanta mala uva es cosa de ingenio, acidez y tino. Qué grandes.


jueves, 30 de agosto de 2018

Maldeojos. La nostalgia


La nostalgia
(Artículo publicado el domingo, 26 de agosto, en diarios del grupo EPI PRESS)

     En televisión, la nostalgia es un valor. Un añadido fundamental para que un formato lo pete, o al menos se mantenga y sea seguido con cierto interés. La nostalgia es el motor que mueve a la audiencia de Cachitos de hierro y plomo, ese rincón de buena música, de excelentes solistas o grupos, o de pésimos artistas que supieron hacer de sus porquerías grandes éxitos, y que anida en La 2, y sobre todo que triunfa en las noches de fin de año de los últimos años, co espectadores atentos no sólo al apartado musical sino a unas épocas que tenían sus modas en el vestir, en el peinar, en el hablar, y por supuesto una audiencia atenta a las memorables frases que presentan con vehemente ironía el tiempo pasado y recordado en Cachitos. Ya digo, la nostalgia vende en televisión, incluso en la ficción, ahí está Cuéntame, La 1, o Amar es para siempre, Antena 3, que está grabando ya su sétima temporada, con la incorporación de María Castro o David Castillo.

     Sobre la línea nostálgica se sustenta y tiene su razón de ser Viaje al centro de la tele, que le está dando a TVE muy buenos resultados de audiencia, y eso que la voz del narrador es el, para mí, insufrible Santiago Segura –ya saben, cuando algo se te mete entre los dientes no siempre hay palillo que logre expulsarlo-. Pero enseguida aclaro que el programa, con el mismo espíritu que Cachitos, del que mama y ha aprendido, se ve con mucho gusto. Y también hay que reconocer que los guiones están escritos como hay que escribirlos, con chispa, con humor, tirando de ironía, haciendo comparaciones con la música y los estilos de hoy. Por cierto, viendo lo que guarda el inabarcable archivo de TVE te sigues sorprendiendo de las joyas que atesora, cachitos de excelente nostalgia.


viernes, 5 de enero de 2018

Maldeojos. No vestido



No vestido
(Artículo publicado el martes, 2 de enero, en diarios del grupo EPI PRESS)

     Hubo tanta oferta televisiva la última noche del año como, supongo, exceso de comidas en las mesas de las familias que han superado la crisis. No hablemos de las ricas, que tirarían la casa por allí, por la ventana. Con la tele igual. No sólo no da tiempo a verlo todo sino que es imposible comentarlo todo. Haré como los perros, que esconden las sobras para ir a ellas en momentos de escasez. Aún así no dejo para mañana lo que pueda destacar hoy. ¿Vieron el especial de Cachitos de hierro y cromo? Corran a La 2 y luego me cuentan. Ni tontadas tipo Sálvame start ni los simpáticos Cristina Pardo e Iñaki López dando las uvas en La Sexta con un rollito distinto al resto, y desde luego ni siquiera el fenómeno creado en torno al vestido de Cristina Pedroche, que no sólo no viste sino que enseña, aunque destaquemos lo de José Mota en La 1.

     El especial Nochevieja a cachitos, con Virginia Díaz, Txabi Franquesa, y Electric Nana, lo mejor. Con decirles que viendo a los grupos y artistas que actuaron volví a creer en la música en televisión, qué digo, vi y escuché música en televisión, música de verdad, de la buena, en directo, sin jurados que ponen caras y sentencian con el culo, y concursantes que animan un cotarro que nace cadáver. Cachitos, bendito Cachitos. Y no se puede hablar de música, de buena música, de galas, y de excelencia en estas fechas si no se habla del Concierto de Año Nuevo, uno de esos raros gustazos que nos damos más de uno, sin salir de casa. Por cierto, termino como lo hice el año pasado. Que al lado de Cristina Pedroche estuviera Chicote en Antena 3 es tan irrelevante como acabar esta columna comentando la nada de un no vestido.



miércoles, 4 de enero de 2017

Maldeojos. El vestido



El vestido
(Artículo publicado el martes, 3 de enero, en diarios de EPI PRESS)

     Ni la reafirmación del amor a Patricia de Carlos Sobera después de las campanadas en Mediaset, un Sobera que no apareció en tanga, ni con el pecho rejunto por el corsé, ni el último ni el primer anuncio del año, ni los descacharrantes gags de José Mota en La 1 y su brillante especial, ni la elegancia clásica de Anne Igartiburu con los cocineros más activos, ni por supuesto las brillantes frases que pasaban por el faldón de la pantalla de La 2 en su especial Cachitos de hierro y cromo, que volvió a ser la mejor “gala” de la oferta musical en Nochevieja, nada, nada de lo que sucedió la última noche del año tuvo al día siguiente ni en el momento en que se producía el efecto que tuvo el vestido o, mejor, El Vestido. Ya ha adquirido categoría de fenómeno social. El Vestido, como sé que sabe sin más explicaciones, es el vestido de Cristina Pedroche.

     Lleva tres años dando la campanada –perdón por la obvia reiteración- gracias no tanto a la tela de la vestimenta como a qué cantidad de carne enseñará este año. Empezó a jugar con las transparencias, una afición más peligrosa que la de Camilo Sesto por el bótox y la silicona, y cada Nochevieja, para mantener el interés y hacer de las campanadas ya de La Sexta ya de Antena 3 un titular y unos índices de audiencia memorables, debía de ir enseñando más jamón y pechuga y acortando la mancha de los encajes. Este año dicen que lo que llevaba puesto, un bañador cubierto con un tutú, se ponga como se ponga, lo ha diseñado Pronovias. No le quito mérito a la proeza, y la tiene inventarse algo para no dañar la escultura de un cuerpo glorioso sin que parezca que va en pelota picada. Que al lado estuviera Chicote es tan irrelevante como esta columna, dedicada a un no vestido.


miércoles, 13 de enero de 2016

Maldeojos. Cachitos



Cachitos
(Artículo publicado el martes, 5 de enero, en periódicos de EPI PRESS)

     No hay duda. José Mota y su especial del 31 de diciembre triunfó sobre todas las demás cadenas, cuya oferta intragable podemos simbolizar en la pertinaz, grasienta y pocha  Paz Padilla, esa pesadilla, que se montó en Telecinco otro insufrible La noche en Paz. De nuevo fue José Mota y su brillante olfato para retratar la actualidad con ironía el que se llevó a la audiencia. Un año más, en la TVE actual, el humor del manchego, por muy suave que sea en cuanto a crítica política, es la único que sale de la tele pública. Es tan fiero el control, las murallas tan altas para defender al partido que nombró a la dirección de esa maquinaria, que el espectador tiende a ver como un rasgo de libertad sin fisuras la excelente parodia del debate entre Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Rivera, y Soraya Sáez, con un Rajoy ausente en el plató pero escuchando desde las bambalinas.

     Sin embargo, y es el segundo año que da la sorpresa, de toda la fanfarria de especiales tras las uvas y el desparrame, las telepasiones y los señores con pajarita y las señoras con escotes, fue el especial de Cachitos de hierro y cromo el que se alzó con mi corona. Qué gran trabajo el de ese equipo, qué gran acierto el de La 2. Superó incluso a la oferta de Cuatro y La Sexta, toda una proeza. Presentado por Virgina Díaz, que alterna en un mismo programa lo sofisticado y lo popular, el Cachitos que despidió 2015 y recibió el 2016 se armó en torno a la idea de una fiesta de fin de curso donde la música, claro, es la reina de la noche. Y qué música. Y qué genio el de los guionistas escribiendo esas frases de presentación de los artistas, y qué maridaje tan perfecto entre La 2 y Radio 3 para gloria del entretenimiento. Cachitos de hierro y cromo fue lo mejor del fin de año. 
Virginia Díaz vestida para la ocasión para el especial de Cachitos de hierro y cromo de Fin de Año


martes, 21 de julio de 2015

Maldeojos. Referentes



Referentes
(Artículo publicado el domingo, 19 de julio, en periódicos de EPI PRESS)

      Los más viejos de la pista tenemos como referentes musicales a The Beatles, Rolling, Chavela Vargas, Concha Piquer, Leonard Cohen, Serrat, Bob Dylan, incluso a Raphael o Rocío Jurado, a Cesaria Evora y Bruce Springsteen, a David Bowie y Tina Turner. Muchos de estos artistas, unos muertos, otros disfrutando de una lucidez que sigue asombrando con el paso de los años, han ido pasando por muchos programas de la tele, es verdad que cuando la tele amaba la música y a nadie se le ocurría no cantar ni tocar en directo. TVE, eso lo estamos viendo en cualquiera de los programas que tiran de archivo –Cachitos de hierro y cromo es una joya, una delicia, uno de esos programas montados con retazos temáticos-, dejando claro que por esa casa pasó lo mejor de la música nacional e internacional. Eso hoy es impensable.

     Antes se amaba la música. Hoy hay muchos programas que aparentan apoyar la música pero la destrozan propagando horrores que duran lo que dura un suspiro en mitad del caos callejero. Los más viejos de la pista tenemos unos referentes musicales variados, y nuestros gustos se fueron edificando sobre piedras sólidas, imprescindibles, clásicas. ¿Eternas? Los jóvenes de hoy, como se descuiden, según vemos en los programas de la tele, de esos que se dicen musicales, que promueven la música, o que dicen apoyarla, tendrán como referentes para su memoria y sensibilidad a Kiko Rivera DJ, a dos pavos grimosos conocidos como Gemeliers, a otros cuantos perlas que responden por Auryn, a un repelente y ortopédico Abraham Mateo, en fin, a una tipa con pinta de fulana que lo está petando y se llama Ylenia. Qué pena. Pobres.