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miércoles, 26 de abril de 2017

Maldeojos. Yo, tampoco



Yo, tampoco
(Artículo publicado el sábado, 22 de abril, en diarios de EPI PRESS)

     Por una vez, por esta vez, estoy de acuerdo con doña María Teresa Campos. La veo en lo que parece una sección semanal en Sálvame, lidiado ese día por Paz Padilla, o sea, lo peor que le podía pasar a este espectador que huye de esta señora haga lo que haga. Pero justo cuando la malagueña, vestida de colorines, dando lecciones de no sé qué, pensaba irse, ayudada a levantarse por la directora de pista, se levantó rauda de su trona la gran Lidia Lozano para preguntarle, nerviosa como una colegiala, si por la noche, o sea, la del jueves, vería el estreno de la nueva entrega de Supervivientes. No, contestó seca la protagonista de Las Campos, a la que PaoloVasile le quitó sin contemplaciones ¡Qué tiempo tan feliz! ¿La Campos no vio Supervivientes con tal de fastidiar las audiencias y hacerle daño a Vasile? Mira que soy retorcido. Pero no, no fue por eso. Fue porque no quería sufrir una taquicardia viendo cómo se tiraba al mar desde el helicóptero su amado Edmundo, “que está estupendo, pero tiene su edad”.

     Yo no vi ese programa basura porque no me dio la gana, no lo vi esa noche ni lo veré ninguna otra, y por si fuera poco, esa noche, el jueves, estrenaba Iñaki Gabilondo la segunda temporada de Cuando ya no esté. El mundo dentro de 25 años en Cero, uno de los programas más interesantes, apasionantes, entretenidos y de calidad de la actual televisión. Gabilondo viajó a Singapur para hablar con Parag Khanna, estratega global de una lucidez asombrosa, con un discurso tan brillante sobre la conectividad entre las grandes magalópiolis que se me pasó ese tiempo de televisión en un suspiro. Al acabar, no hay ni que decir que en Telecinco aún seguían cayendo del cielo mojones al agua.

viernes, 6 de mayo de 2016

Maldeojos. Un preñado



Un preñado
(Artículo publicado el jueves, 5 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

Como no tuvimos bastante con 21 días, ahora Cuatro, en su afán de desprestigiar el casi nulo prestigio que le queda al periodismo en esa casa, tirado con más ahínco a la basura cada vez que la cadena emite un nuevo programa que llama de investigación, de reportajes, de crónicas, o como puñetas enmascare al periodismo para convertirlo en una payasada, ahora, Cuatro, como digo, nos endilga 9 meses con Samanta. Vamos, un preñado. El suyo. El de Samanta Villar, estrella del sensacionalismo, del morbo, del ego elevado a categoría noticiable donde cualquier excusa es buena para poner caras y contar memeces a tu cámara personal, que no falte. La señora cuenta su preñez desde el minuto en que la inseminan, y resume sus vivencias en entregas. Veremos cómo crece su pancita hasta soltar a sus dos criaturas –anoche, el estreno-.
Para que entendamos la envergadura de su programa, el nivel científico del experimento y la calidad de sus reflexiones, todo un tratado de la mujer preñada, de sus emociones y dudas, de sus angustias y miedos, Samanta Villar corrió el otro día a contárselo a María Teresa Campos, dejándose entrevistar por la propia jefa de planta y por reconocidas eminencias como Terelu Campos y Carlos Ferrando, acreditado zascandil, exagerado e histriónico, que siempre me recuerda a Víctor Sandoval, ese andobas del periodismo cutre, rancio, amoratado y gritón que ahora se gana la vida en taparrabos rebozando sus ijadas en la isla de los Supervivientes de Telecinco. Lo de Samanta Villar es, usando el estrambótico lenguaje de Rajoy, cosa notable. La cosa de estos 9 meses con Samanta, su mayor interés, es ver si en la última entrega enseña de una vez el conejo. Qué señora.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Maldeojos. #RajoyTieneMiedo



#RajoyTieneMiedo
(Artículo publicado el sábado, 28 de noviembre, en periódicos de EPI PRESS)


       Es lógico pensarlo. Si Atresmedia invita a los candidatos de los partidos con posibilidad de gobernar y uno de los candidatos mira para otro lado, manda a otra persona, y dice que otra vez será, es que ese candidato no tiene mucha fe en sí mismo. O dicho como lo dicen los que han dicho sí, #RajoyTieneMiedo. El lunes 7 de diciembre Antena 3 y La Sexta, en sincronía, emitirán el debate entre Pedro Sánchez, Albert Rivera, y Pablo Iglesias, debate en el que no estará, como correspondería en una democracia que no crea alguien de chichinabo, Mariano Rajoy sino Soraya Sáez de Santamaría, señora que no es candidata. Ni Mariano Rajoy se fía de sí mismo ni el PP de él. Y eso que aún resuena aquel chiste suyo diciendo que su medio natural es el debate. Por eso el presi pone una de sus caras con los ojos bailones y se pira echando leches a la Cope para hablar de fútbol o le dice sí a María Teresa Campos para visitar ¡Qué tiempo tan feliz!

      Pobre Soraya. Menudo marrón. El jefe se va a echar unos bailes con la malagueña a ver si pilla cacho entre los pensionistas y deja sola a la vice en un plató en donde no están ni Trancas ni Barrancas, y sin un calvo al que darle un besito de agradecimiento al final del encuentro. Que Rajoy no quiera debatir –aunque los debates, como todo el mundo sabe, y las preguntas y esas cosas que hacen los periodistas, sean su medio natural- dice mucho. Vivimos una campaña donde la televisión se ha convertido en un personaje más. Los candidatos se pasean por todo tipo de platós, por los considerados de información y por los más triviales. No acudir al primer debate entre candidatos es un síntoma. Malo. Rajoy tiene miedo, y por eso, mientras se fuma un purito, Soraya se acordará de sus… 



jueves, 22 de octubre de 2015

Maldeojos. Camilo Sesto



Camilo Sesto
Artículo publicado el jueves, 15 de octubre, en periódicos de EPI PRESS)

      Antes, hace unos años, había un cantante muy conocido que se llamaba Camilo Sesto. Ahora hay un cantante que se llama Camilo Sesto y no conoce nadie. Pobre Camilo. Camilo dejó de ser Camilo el día que fue abducido por la atracción fatídica, irreversible y adictiva del bisturí. Pobre. Él, coaligado con cirujanos con alma fría de chacal, acabó convirtiéndose en un monstruo. Eso es lo que yo siento cuando lo veo. Estoy seguro al cien por mil de que no es su opinión. Es más, estoy convencido de que cuando este hombre se mira al espejo no ve lo que yo veo, no ve lo que ve la gente. Camilo Sesto no ve al tipo patético que hoy es. De verse como lo cuento, de saberse deforme, sin expresión, convertido en el muñeco de cera que nadie quisiera ser, no acudiría a la tele. Si lo hace es para exhibirse como la que desea que le alaben sus nuevas tetas.

     La imagen de Camilo Sesto cuando irrumpió en el plató de ¡Qué tiempo tan feliz! fue de las que dejan sin palabras a la más dicharachera. Qué bien te veo, dijo María Teresa Campos, palabras que sonaron a chufla, a ironía refinada de anfitriona un poco lagarta. Mientras, el artista, antes de sentarse, se pavoneó ante el público, se quitó la chaqueta con estudiada desgana, se dejó caer, y dejó que la otra le soplara al oído mentiras sobre su inmarchitable belleza. Cuando el realizador escogió un plano corto del invitado, la audiencia, yo, dio un respingo como el que escucha a Julio Iglesias, atirantado con más tacto, diciendo que lo que diga el ministro de economía, Cristóbal Montoro, le importa tres cojones. Un primer plano de Camilo Sesto es lo peor que se le puede hacer a Camilo Sesto. Lo que dijera o dejara de decir desde ese momento ya no importaba nada. 
No creo que hagan falta comentarios.





lunes, 7 de septiembre de 2015

Maldeojos. Dolor y porno



Dolor y porno
(Artículo publicado el sábado, 5 de setiembre, en periódicos de EPI PRESS)

      Cada cual gestiona su dolor como puede. Y como quiere. No es la primera vez que la señora María Teresa Campos gestiona, el dolor, o la alegría, como si fuese la derrama de la comunidad de vecinos, es decir, compartiéndolos con el resto. La última vez tocó dolor. El de la muerte de su hermana en Málaga. Otras veces tocó compartir la alegría de su vuelta al amor de la mano, y el bigote, de Bigote Arrocet. O la desazón, ora vez con el dolor a cuestas, del cáncer de su hija Terelu, que al ser superado volvió a darle a su audiencia unas palabritas en tono esperanzado y alegre. María Teresa Campos, a estas alturas, no le importa dibujar una línea que va de su vida privada a su vida pública enlazándolas cuando ella quiere, cuando le da la gana, y cuando ve que le viene bien.

       El otro sábado, con su hermana recién despedida para siempre, la malagueña entró por teléfono, en directo a, como dice Belén Esteban, “mi programa”, es decir, al suyo, a ¡Qué tiempo tan feliz¡, programa que ese día, de luto riguroso, presentó en su lugar su retoño, la señora Terelu Campos, que se dirigió a ella “no por tu nombre profesional sino como lo que eres para mí, como mamá”, mientras se quitaba de las mejillas restos de lágrima desperdigada moflete abajo. La peña del plató, los colaboradores en pleno, fueron mostrados uno a uno por el realizador. Todos compungidos, todos cabizbajos, en estado de luto interpuesto. Doña Teresa habló con ideas deshilvanadas pero voz firme. Tiene tablas. Mientras la escuchaba me preguntaba si aquello era demasiado obsceno para mí. E incluso si al ver pornografía sentimental el enfermo era yo. 

La hija, en el plató. La madre, al teléfono. Ambas forman parte del mismo negocio, de la misma escena pornográfica. Esto sucedía hace apenas una semana, y en directo.