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lunes, 14 de agosto de 2017

Maldeojos. Un fallo



Un fallo
(Artículo publicado el juves, 10 de agosto, en diarios de EPI PRESS)

     Cosas del directo, se decía antes. Cosas del directo, se dice. Cosas del directo, todo el mundo lo sabe, se refiere a que algo ha ido mal en la emisión en directo de un programa que la audiencia ve, y escucha, en el momento en que sucede. Es difícil, por no decir imposible, que en eso que se llama falso directo, es decir, que se graba como si fuera directo pero se emite cuando venga bien, haya fallos, sobre todo fallos garrafales. Sería como para quitarle el título de responsable mayor al mayor responsable de que la cosa se vea bien y se escuche bien. ¿Pero qué pasa cuando algo falla si lo que vemos es lo que está pasando? Pues que dicen que el fallo es cosa del directo. Vale. Gracias a esos fallos, un micrófono abierto que debía de estar cerrado, una tos, un foco que revienta por el calor o se cae -¿de hastío?-, un escote que se abre más de la cuenta, o una silla que se desploma, gracias a esos fallos, digo, se han vivido momentos gloriosos.

     ¿Qué ocurre cuando el fallo sucede en una de las emisiones de Sálvame, por supuesto en riguroso directo? Pues que es un regalo caído del cielo. Estar quince minutos sin poder escuchar lo que se dice en esa feria de ganado es el mejor regalo que puede recibir un espectador. Sí, aunque sea un espectador fiel al truño, presentado el viernes, como gran novedad, por Kiko Hernández. Es más, mejor si es un espectador, una espectadora fiel a esa droga de diseño cuyos ideólogos son más dañinos que el vinagre con su mosca y todo. Creo que el momento del fallo, cuando los micrófonos se vinieron abajo, hartos de pamplinas, y se negaron a recoger tanta basura, hablaba una tal Anabel Pantoja sobre otra señorita de su familia, también escoria. Así que bendito fallo gracias al directo.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Maldeojos. Mierdaset



Mierdaset
(Artículo publicado el martes, 6 de setiembre, en diarios de EPI PRESS)

     Es verdad, suena fuerte, es un término grueso, incluso puede molestar a algún lector, lo sé. Llamar “mierdaset” al emporio mediático Mediaset suena mal, cierto, pero aunque llegue al límite del buen gusto, les aseguro que la realidad de lo que ese grupo entiende por entretenimiento supera con creces no sólo el buen gusto sino que ataca sin fisuras la dignidad y la inteligencia, y hasta la sensibilidad de los asnos. Que el grupo liderado por Paolo Vasile no tiene escrúpulos es sabido. Sólo hay que husmear su programación, aunque tapándose la napia para comprobarlo. Claro que es legítimo apostar por espacios que apelan a los instintos primarios más que a los de la inteligencia, que requieren un poquito más de esfuerzo, tanto de quien los emite como de quien los consume. Pero incluso desde esa premisa tendría que haber una línea roja. 

     Mediaset es “mierdaset” cada vez que la traspasa. Y la traspasa con una alegría y énfasis que a fuerza de costumbre se ha convertido en marca. Escribí aquí hace unos días la desdichada situación, real o imaginaria, por la que atraviesa, o dice atravesar, la farsante Aramís Fuster, aquella señora que movía su cuento por los platós de, sobre todo, Telecinco. Como miles de españoles, la brujita entró en una crisis económica de consecuencias dramáticas. Y trabajó como chapera en servicios sexuales extremos. Un dolor. Se la encontraron en un hotel hecha un guiñapo. Desorientada, a los pocos días, merodeó por Telecinco. Su desorientación no la llevó a La 2, fíjate. La recogió el camión de la basura de Sálvame y le ofreció un De Luxe. El show de la bruja contando su mal fue insultante. La cadena carroñera, emitiendo el esperpento, coronándose.

miércoles, 27 de abril de 2016

Maldeojos. Monjas y gitanos



Monjas y gitanos
(Artículo publicado el domingo, 24 de abril, en diarios de EPI PRESS)

     Cuatro exprimió hasta el tuétano al llamado “colectivo gitano” en su ofensivo producto Los Gipsy King, una kermés que, con apariencia de ensalzar las costumbres gitanas, lo que hace es ridiculizar a quien saca porque los guionistas los convierten en payasos para divertir a los payos, que se quedan locos viendo los disparates a los que someten a las familias que se prestan a ese carnaval humillante. Así no son los gitanos. Los gitanos de Los Gipsy King son gitanos de vodevil, gitanos ricos que se prestan a perpetuar justo lo que colectivos gitanos concienciados tratan de erradicar como paradigma de grupo. En Los Gipsy King, que hace unas semanas finalizó su segunda temporada, se da la imagen de una gente burra, inculta hasta el ridículo, machista hasta la ilegalidad, estúpida, cerril y racista que vive al margen de todo y de todos, y vale, puede que algunos gitanos sean así, pero está claro que el programa no pretende indagar en su realidad, aunque, lo que son las cosas, Los Gipsy King está catalogado como un “reallity”.  Es mentira. No tiene nada que ver con la realidad. Parte de la realidad de las cuatro familias elegidas, que viven en un exceso que cansa incluso sin moverte de casa. Sobre este asunto, sobre el trato que el programa da a los gitanos, me ha escrito gente gitana contándome que ven el programa con indignación, sintiéndose humillados, maltratados, vejados, que existe otra realidad. Los Gipsy King lo mete todo en el saco del espectáculo, sin más. Está claro que no es un documental, que no es un reportaje sobre los gitanos, que no trata de analizar la cara b, pero de ahí a caricaturizar con mala leche a los que sacan es un dolor. Hace unos días, el Consejo Estatal del Pueblo Gitano puso en circulación un vídeo cuya consigna no deja lugar a dudas, “la telebasura no es realidad”. El dardo, dolorido y por supuesto envenenado, iba dirigido contra Mediaset, contra Cuatro. 

A nivel de dios
Ahora, la mano que hurga en el cubo de detritos, mece la cuna de la religión. Para eso ha quedado el catolicismo. Para echar unas risas, como los gitanos de arriba. Quiero ser monja es un bodrio de programa, una infamia televisiva, un dolor se mire por donde se mire. A ritmo de música del demonio la voz del narrador presenta, como se presentan las jacas en una feria, a Janet, Jaqui, Juleysi –por los clavos de Cristo que hay gente que se llama así- Paloma, y María Fernanda, porque “han sentido la llamada a la vida religiosa”. Las visten con faldita negra, estrecha, y camisa blanca, estrecha, y a la noche, iluminadas como por velas conventuales, ante el crucifijo, se santiguan y les hacen decir chorradas del tipo “siento que dios me está hablando al corazón, así que ya sé más o menos qué camino tengo que tomar”. Genial. Lleva cinco minutos entre hábitos y ya lo tiene claro. Otra, la tal Juleysi, dice que “a nivel de dios, Alberto está por aquí”, según la escala que forma con sus manitas, o sea, un poquito más abajo. ¿A nivel de dios? Yo creo que esta gente toma algo. En serio. Paloma dice que cuando está en la playa, cerca del mar, siente como si la abrazara dios, y se estremece. Esta, a “nivel de” cuelgue, va también como dios. En su loca carrera al sinsentido asegura que sabe que dios está muy complacido porque ella siga los votos de obediencia y castidad. El dios de Palomita no quiere, según la chica, intercambio de fluidos. Nada de ñaca ñaca, nada de ponte así que te voy a poner mirando a Cuenca. ¿De verdad que dios, algún dios, se complace con que estemos a dos velas? ¿Qué clase de divinidad es esa? Quiero ser monja es una de las afrentas más gordas que se le ha hecho en televisión al catolicismo. En serio. Si han echado mano hasta ahora de famosillos en apuros que cagan detrás de una palmera en una playa hondureña, han echado mano de zopencos analfabetos que encierran en una casa para que Mercedes Milá gane un pastón y ponga caras de ordinaria a la altura del vertedero, o se han cebado con los gitanos, ahora le toca el turno a cinco señoritas -¿de agencia?- para que, disfrazadas de monja, suelten paridas en nombre de dios.

Sor Lucía, la guía
El pobre director del formato, el joven José Rueda –director también de Los reyes del empeño, vaya tela-, asegura que Quiero ser monja huye del morbo, del amarillismo, y que las congregaciones religiosas entendieron enseguida que no hacían el programa para desprestigiar ni criticar la religión. No hace falta, querido. O salen monjas, o tronistas. Las monjas profesionales entendieron, recuerda el director, que el programa quería acercar la religión a la gente y que entregar la vida a dios es de lo más normal. ¿Cómo? ¿Entregar la vida a alguien que es una entelequia, que sólo existe en el corazón del que cree, es normal? ¿Y para qué quiere ese ser que le entregues tu vida? Esto, como he leído por ahí, es un Cura, monjas, y viceversa. El dios de esta gente es tan exigente que en su nombre, una monja profesional, que actúa como su portavoz, les dice que tienen que entregar lo que más quieren para poder seguir a Jesús. Y les pide el móvil. Oh, no. Esto va en serio. Cuando la dulce monjita tiene el botín, con una sonrisa perversa, las mira y suelta la bomba, “tranquilas, que esto es una ofrenda también a ÉL”. Lo escribo así, son mayúsculas, porque sus ojillos miraron al cielo, buscándolo en el artesonado del techo. Si en Los Gipsy King o en Palabra de gitano vimos y escuchamos cosas que no podíamos creer, y que tanta gracia hacían, en Quiero ser monja la linde entre la sensatez y la irreverencia, entre la creencia y el disparate, entre el recogimiento y la blasfemia es tan sutil que la escena del requisado de móviles acaba con la frase gloriosa de la monja alférez diciendo que la caja se pondrá a los pies del señor. Insisto. ¿Qué toman? Sólo han empezado su carrera televisiva. O portada de Interviú o asiento en Sálvame. O monjas tertulianas, como Sor Lucía Caram, que además de la llamada de su dios entendió la llamada de Mediaset. Y ahí está, como una bala.

La guinda
Rita, Rita
Ese juez no se entera. Mira que pedirle al Supremo que impute a la doña por blanqueo de capitales. La Bien Cardada, Rita Barberá, es inocente. De todo. ¿O es que no la escuchó nadie el día que, con gesto sobrado, con sonrisita ladeada de ladina y picarona, lo anunció y repitió mil veces? Soy inocente, decía, además de hacernos creer que no es dios. Las teles hacían guardia el jueves en su portal. Pero la diosa, esquiva, no apareció.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Maldeojos. Barómetros



Barómetros
(Artículo publicado el martes, 6 de octubre, en periódicos de EPI PRESS)

      Personality Media es una empresa de consultoría que asesora a agencias de publicidad, a anunciantes, y a medios para saber qué programa, qué presentador o qué famoso es más conocido, más valorado, más querido o tiene más credibilidad. Hace unos días dieron a conocer su último barómetro. Consultaron a 20.000 personas mayores de 14 años, o sea, gran muestrario. Y resulta que Antena 3 es la cadena más valorada junto a La Sexta. En el barómetro se dice que de los 15 programas más valorados, 12 son de Atresmedia. La Sexta y Antena 3 son, según este sondeo, las cadenas con mejor imagen, las preferidas por el consumidor, las más entretenidas, con la oferta más variada, y las que emiten los mejores informativos. La imagen de TVE desciende con estrépito, mermados, dice el informe, su credibilidad, calidad, programación, y buenos presentadores.

      ¿Y Telecinco no destaca en nada, no tiene premio? Lo tiene. De quince programas, 7 son los primeros de la lista valorados como los peores. El número 1 de los más malos según los consultados es Sálvame. Le siguen Mujeres y hombres y viceversa, Sálvame de Luxe, Gran Hermano, Supervivientes, y así hasta ¡Qué tiempo tan feliz! En cuanto a los presentadores más valorados, también gana Atresmedia, con Jordi Évole el primero de la lista.  Perfecto. Podría reconocerme en esos resultados. Pero la duda me corroe y me trae a mal parir. La peor valorada es Telecinco, y el peor programa es Sálvame, dice el barómetro que dicen los encuestados. Pero todos sabemos que Telecinco, y Sálvame en concreto, es el programa más visto de la tele. ¿Es posible que se valore a Antena 3 pero se consuma mierda a sabiendas? Pablo Vasile se tiene que estar partiendo el culo.

miércoles, 26 de agosto de 2015



Rotando
(Artículo publicado el domingo, 23 de agosto, en periódicos de EPI PRESS)

      Se fue una semana de vacaciones, pero el programa rodaba con la misma soltura. Frank Blanco es el presentador oficial de Zapeando, el que maneja al equipo de colaboradores pero en ningún momento da a entender que es el dueño del cortijo en el sentido en que sí lo hace Jorge Javier Vázquez, que a la misma hora pastorea otro tipo de ganado. En la cloaca de Sálvame suelen tirar de Paz Padilla, una estricta gobernanta con mascarilla de simpática, para que el gran señor descanse un poquito de su agotadora condena. Hay quien ve Sálvame como un programa de humor. No lo vivo así. Hace mucho tiempo que no veo ese picadero, pero es imposible no mancharse con los lamparones de sangre y veneno que escupen sus reptiles, amaestrados, e insensibles ya, para sus despiadados ataques, por muy circenses que sean, y lo son.


      Frente al cansino Sálvame, los de Zapeando tienen ingenio hasta para irse de vacaciones los canallas. En la semana de descanso de Frank fueron los colaboradores, todos, los que se sentaron en la silla principal. Y todos lo hicieron bien. Desde Ana Morgade a la última incorporación, Irene Junquera, colaboradora a su vez de Jugones, esa barra de bar con serrín en el suelo donde a voces se enfrascan en guerras de fútbol. Durante la semana la audiencia ha fluctuado según el presentador fuese Quique Peinado, Miki Nadal o Sara Escudero. Parece que Sara hizo los datos de audiencia más bajos, unas décimas menos que sus colegas, siempre en torno a la media del programa. Es baladí ese dato. Escudero tiene un sentido del humor finísimo, una ironía que da mucho juego. Le queda mucho por demostrarnos. Ánimo, equipo. 

Sara Escudero, del equipo de Zapeando, maneja una ironía muy especial. Y sabe decir sus textos son la soltura de quien les aporta naturalidad y fuerza.