lunes, 9 de mayo de 2016

Maldeojos. Bienvenido, Mr. Li



Bienvenido, Mr. Li
(Artículo publicado el sábado, 7 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

      Llegaron en oleadas enarbolando sus teléfonos inteligentes, haciendo fotos a todo lo que se menea, quizá pensando que a la vuelta de la esquina, incluso dentro del aeropuerto de Madrid, podrían encontrar a un torero en plena faena, o platos de paella y jarras de sangría. Llegaron 2.500 chinos, sonrientes y felices porque trabajan para Li Jinyuan, presidente de la multinacional Tiens, que les ha pagado las vacaciones en nuestro país. Las teles han destacado en sus crónicas las cifras, todo a lo grande. Se han alquilado 70 autobuses, 1.650 habitaciones, 4 trenes AVE, visitas multitudinarias a museos, más de 7 millones de inversión, migajitas de una fortuna valorada en 5.000 millones de euros, lo que no quita importancia ya que hay otros multimillonarios que no se rascan el bolsillo así los machaquen.

      La otra mañana envió Espejo público a una reportera para que, en directo, contara cómo vivían los empleados chinos sus primeros momentos en España. La reportera se metió en uno de los autobuses y fue preguntando banalidades a los viajeros, que a su vez le hacían fotos y echaban unas risas por la cosa de la mezcla de idiomas, el español, el chino, y un inglés que tampoco servía de mucho. En el plató Susana Griso invitó a Julia Chang, referente de la comunidad china en nuestro país con un perfil extrovertido que no es frecuente entre sus paisanos, sobre todo cuando se les pregunta según qué. La reportera del programa le preguntó a una chica cuánto pensaba gastarse en España, pero ella, sin dejar de sonreír, respondió que era una cuestión privada que no le interesa a nadie. Julia explicó que esa pregunta es de mal gusto. Mr. Li, perdón, aprenderemos.

viernes, 6 de mayo de 2016

Maldeojos. Un preñado



Un preñado
(Artículo publicado el jueves, 5 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

Como no tuvimos bastante con 21 días, ahora Cuatro, en su afán de desprestigiar el casi nulo prestigio que le queda al periodismo en esa casa, tirado con más ahínco a la basura cada vez que la cadena emite un nuevo programa que llama de investigación, de reportajes, de crónicas, o como puñetas enmascare al periodismo para convertirlo en una payasada, ahora, Cuatro, como digo, nos endilga 9 meses con Samanta. Vamos, un preñado. El suyo. El de Samanta Villar, estrella del sensacionalismo, del morbo, del ego elevado a categoría noticiable donde cualquier excusa es buena para poner caras y contar memeces a tu cámara personal, que no falte. La señora cuenta su preñez desde el minuto en que la inseminan, y resume sus vivencias en entregas. Veremos cómo crece su pancita hasta soltar a sus dos criaturas –anoche, el estreno-.
Para que entendamos la envergadura de su programa, el nivel científico del experimento y la calidad de sus reflexiones, todo un tratado de la mujer preñada, de sus emociones y dudas, de sus angustias y miedos, Samanta Villar corrió el otro día a contárselo a María Teresa Campos, dejándose entrevistar por la propia jefa de planta y por reconocidas eminencias como Terelu Campos y Carlos Ferrando, acreditado zascandil, exagerado e histriónico, que siempre me recuerda a Víctor Sandoval, ese andobas del periodismo cutre, rancio, amoratado y gritón que ahora se gana la vida en taparrabos rebozando sus ijadas en la isla de los Supervivientes de Telecinco. Lo de Samanta Villar es, usando el estrambótico lenguaje de Rajoy, cosa notable. La cosa de estos 9 meses con Samanta, su mayor interés, es ver si en la última entrega enseña de una vez el conejo. Qué señora.

jueves, 5 de mayo de 2016

Maldeojos. Periodistas



Periodistas
(Artículo publicado el martes, 3 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

      Somos la leche, escribía hace unos días Pedro Simón refiriéndose a los periodistas en el sentido que algunos empresarios y editores dan a estos profesionales, es decir, algo así como hacer periodismo sin periodistas, paradoja que encaja en un mundo donde prima la comunicación pero cada vez es más irrelevante la información. Se atesoran usuarios, no lectores. Algo así como los “amigos” de Facebook. O sea, contactos, no compañeros del alma, compañeros. En este ambiente raro encajan tipos como el magnate Juan Luis Cebrián, que fomenta un periodismo sin periodistas en cuanto el periodismo le roza la barba. En este ambiente de podredumbre y éticas demediadas, de integridades laxas, se viven bochornos a este lado de la pantalla que al otro lado, en el plató, sólo son motivo de risa, comentarios de amigotes de farra, y minutos de televisión –pública- vergonzosa.

      Sucedió el viernes pasado, durante la emisión de La noche en 24 horas, una desganada cita con una tertulia abotagada, sin vida, que presenta Sergio Martín, el señor que habla dejándose por el camino un puñado de sílabas, haciendo muy difícil entenderlo. Como la cosa más normal del mundo -a ese grado de impudicia se ha llegado- se quejó de que a “las estrellas rutilantes de la televisión que me acompañan” no les llegara invitación para ver el Mutua Madrid Open –donde juega Rafa Nadal-. Yo me dejo invitar, decía el devorador de sílabas, con elegancia, pero lo paso mal por vosotros, ¿cómo os pueden ningunear de esa manera? Lo dicho, nos dejamos invitar al partido o a comer, concluyó el periodista. En la mesa, Alfonso Rojo, vaca que muge y hasta te revuelve las tripas, pidió a Villar Mir invitaciones para todos. Lo dicho, esta gente es la leche. 

martes, 3 de mayo de 2016

Maldeojos. Sí, yo abrazo árboles



Sí, yo abrazo árboles
(Artículo publicado el domingo, 1 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

     Tengo un pino, mi pino, al que abrazo cada día. No es una broma. Tampoco creo que sea una locura. Es un desahogo, una necesidad, un impulso que acaba dándome mucha paz. A veces, abrazando el tronco rugoso, de corteza endurecida, áspera, he llorado al notar mi piel contra su piel. No me hagan mucho caso, pero tengo la sensación de que mi energía se funde con la suya y las dos juntas, en un río invisible de torrente delicado, viajan a un centro de la tierra del que parte otro cauce más grande y potente capaz de llegar a rincones lejanos y alcanzar tierras que quisieras besar pero tanta lejanía te lo impide. Mi pino, sus raíces vivas, me llevan a donde yo no podría llegar sin coger un avión. Esto lo hago a diario desde hace un par de meses. Y me consuela. Y me alivia. El otro día, antes de la cena, vi en Aquí la tierra que existe la moda de abrazar árboles. Ya sé que eso no es de ahora, pero estas cosas van y vienen, y ahora parece que vienen de nuevo. Lo mío no es una moda. Creo que es una necesidad momentánea que se diluirá con el tiempo. Dice su presentador, Jacob Petrus  –La 1, antes del Telediario de la noche- que lo de abrazar árboles lo ha puesto de moda Juan Hierbas, que colabora con el programa en una sección breve, intensa, en la que explica el poder curativo, corporal y mental, de algunas hierbas, pero sin majaderías ni come cocos. Sin embargo yo creo que esa moda no es moda porque Juan Hierbas hable de los beneficios de abrazar en tus paseos campestres a los árboles con los que te topas. Y como las casualidades existen, la misma tarde que el programa habló de eso, un sonido me avisa de la entrada de un nuevo Whatsapp. Una amiga me envía un cuadro de la pintora Catrin Welz Stein, una imagen quizá cursi, donde se ve a una mujer que ya no sólo abraza a un árbol sino que parece ser el árbol. Y no, mi amiga no estaba viendo el programa.

Sin monsergas
Creo que fue en el primer programa de Quiero ser monja cuando sacaron a la madre de una aspirante a colega de Teresa de Jesús diciendo que ella tenía mucha fe en el poder de las piedras, que veía en ellas reflejos de santidad, quizá como lugares donde se aloja el poder que la divinidad. No sé. Una cosa es una cosa y otra desbarrar. Aquí la tierra tiene muchas cosas buenas, entre otras que nos pone en el camino del amor a la naturaleza, a sus animales y plantas, a sus ríos, a la forma de comer de manera saludable y respetuosa, pero sin monsergas, sin amenazas, y desde luego sin literaturas baratas que mezclan churras y merinas, y sin dedos acusadores desde el púlpito de la pantalla, al contrario, Aquí la tierra es una celebración, una fiesta, una diversión, un estímulo para celebrar que formamos parte de este maravilloso tinglado. A ver si no lo jodemos más de lo que ya está. Cada reportaje de Juan Carlos Carpintero, el que lleva la furgoneta verde con el logo del programa –se inició en el Telecupón de Telecinco, cuando a la pobre Carmen Sevilla le daban el fin de semana libre-, es un homenaje a la vida, y por eso rastrea en nuestros pueblos y costumbres. Los que firma Lucía Mbomio tienen el aroma de la amante de las historias, historias que conmueven protagonizadas por gente que tienen el orgullo de vivir  con modestia, pero sin el sobresalto de que alguien, algún día, le saque la vergüenza, si la hubiere, de salir en los papeles de Panamá. Algo así le contaba a Thais Villas una señora de “barrio pobre” cuando era preguntada si conocía a alguien que tuviera cuentas en paraísos fiscales, o si ella misma las tenía, a lo que la buena mujer respondía, con una sonrisa que avisaba de la respuesta, con un “huy, no tengo cuentas ni aquí”. Todos los reporteros de Aquí la tierra, en poco más de dos minutos, nos hablan de curiosidades, de trabajos en extinción, de rarezas gastronómicas, de destinos de ensueño, de gente honrada que ama lo que hace amando lo que le rodea.

Merkel y los niños
En la otra parte de esa balanza está un tal Alexander Ivanov, Ivan, que quiere salir dentro de dos semanas en cueros, sí, sí, con el lingote al aire, y rodeado de lobos, al escenario de Eurovisión, que se celebra en Estocolmo. Ni de coña. Por mucho que su representante diga que la actuación del pelanas simboliza “el delicado equilibrio entre el hombre y la naturaleza”, la verdad es la gana de traca, de armar ruido con la negativa. Ni van a dejar que el abraza lobos de pacotilla salga con el kalashnikov de punta ni van a dejar que saquen canes a escena porque los animales están prohibidos por las normas del festival. Por su parte, el intrépido periodista Nacho Medina, saltimbanqui de la información más arriesgada, representante del periodismo de hoguera y artificio, en su afán por el rigor, viaja a Holanda para conocer a Ed, un tipo que se corre vivo en cuanto ve unas faldas. Vale, no seamos como Nacho, no seamos sensacionalistas ni amarillos, Ed no se corre vivo así como así, lo hace por afán de perpetuidad. La tierra está llena de su río de semen. Hasta ahora, 108 hijos. Para Medina es “Sperminator”. Gran titular. Lloro de emoción. Snif. Todos buscamos o damos energía. Yo, decía, me abrazo a un pino. Los de Aquí la tierra indagan en la madre común. Los de Gran Hermano, como saben quienes siguen la mamarrachada, unos en otros. Dan lugar a una de les escenas más hipócritas y hueras de la televisión, la de cogerse las manitas en la escena del sofá. Y Angela Merkel protagonizando una de las imágenes más nauseabundas de los últimos años, la de abrazar a niños refugiados sirios en una habitación de atrezzo, toda pulcra, bien ventilada e iluminada, con críos sonrientes dibujando el mundo feliz que les han preparado en el campamento turco para que la jefa, es decir, el símbolo de Europa, muestre por televisión la misma cara que, con todas los matices, fabricaban los nazis cuando querían vender al mundo la bondad de los campos de concentración. Esa visita de Europa a Turquía es fruto de su mala conciencia. Da asco y bochorno. Es un ejemplo de energía negativa. Lo contrario al espíritu de Aquí la tierra.

La guinda
Deporte en b
Original y fascinante repaso a la cara menos conocida del deporte que dedicó en La Sexta el Salvados del equipo de Jordi Évole. El futbolista Juan Mata –delantero del Manchester United- dijo que gana una burrada, que vive en una burbuja, y que la vida real está fuera. La ex triatleta Virginia Berasategui que se dopó por inseguridad. Y Carolina Pascual, ex gimnasta, que lloró y pasó hambre. Es la otra cara del deporte.

lunes, 2 de mayo de 2016

Maldeojos. ¿Ten?



¿Ten?
(Artículo publicado el sábado, 30 de abril, en diarios de EPI PRESS)

      No se ha parado el mundo. El cielo no se ha caído. La tierra no se hundió. Sin darte cuenta, sigues respirando. Si abres el grifo, hay agua. Todo está en calma, dentro de que nada en este mundo de incendios inesperados lo está. Hoy nacerán miles y miles de críos, y morirán otros tantos miles y miles de personas. Es decir, las esferas celestes no se paran y esto sigue su curso. Si nos detenemos en España, tampoco. Y eso que el 28 nació nada menos que una nueva estrella en el mundo tele. Ha nacido Ten, y usted, tan ajeno. ¿Ten? Sí, Ten, un nuevo canal de TDT. Nada es lo que era. Antes nacía una tele y se paraba la luna. Hoy nace una tele y nadie se entera. ¿Ten? Ni idea, dirá usted con la mueca torcida, esa que ponemos cuando nos dicen el nombre de cualquier lagarta de las que reinan en Telecinco, de cualquier escoria de macarra intelectual que se enfada, de verdad, porque la cadena quita Mujeres y hombres para hablar de atentados yihadistas.

     A este grado de saturación en la oferta hemos llegado. Nació Ten y el mundo sigue. Detrás, Secuoya, beneficiada por una de las últimas concesiones del Gobierno. Dice la empresa que nace sin línea editorial. Malo. Justo por eso me huelo cuál es. Aunque su fuerte no serán los informativos, tampoco abandonan ese tipo de contenidos, que serán en píldoras de cinco minutos bajo la idea de “últimas noticias”, y sin presentador, y sin noticias de política, o sea, sociedad, medio ambiente, salud, moda. Al no haber política, creen, no hay línea editorial. Ya. El mundo feliz que ofrece Ten –viajes, compras, esa cosa llamada tendencias, electrónica, o sea, consumo a todo trapo- es otra forma de retratar el mundo ocultando la cara b. Y basura yanqui. Es su línea editorial. Su política.