viernes, 23 de agosto de 2013

Maldeojos. Planazo


Planazo

(Columna publicada el sábado, 3 de agosto, en periódicos de Editorial Prensa Ibérica)
     
      Si les digo que sé con exactitud lo que haré la noche de los sábados de setiembre me dirán que la vida puede dar un vuelco, que aún es pronto, que nada hay escrito, que todo se andará, que ya veremos, que no firme nada. Y llevarían razón. Pero con un matiz. Les cuento. Acabamos de saber que el hervidero en el que parece vivir Paolo Vasile, sin salirse un milímetro de las geografías de la boñiga, ha dado un último estertor y se ha cargado El gran debate de la noche del sábado, así que Jordi González pasará en otoño a ser un parado de lujo –tiene contrato fijo con Mediaset hasta 2016 lo saquen o no lo saquen en pantalla-. Pero la maquinaria de esa fábrica de albóndigas malolientes no se puede parar. Y ya está en el tajo la productora fetiche de la casa, la que mejor entiende y mejor sirve los deseos de sus caporales, La fábrica de la tele, es decir, la parturienta que mejor criaturas da a la causa, desde el mentado debate a las caras de Sálvame.  

      A Jordi González muerto, Emma García puesta. La reina de la basura de Mujeres y Hombres y viceversa se encargará de aliviarnos la noche del sábado con un programa de sábado, redundancia que me pone los pelos del sobaquillo de punta porque, qué quieren que les diga, me espero lo peor. No porque no haya debate político, cansino, cierto, con unos tertulianos amojamados y previsibles, sino porque Telecinco dice fiesta y es como mentar la bicha de las mamachicho. Por eso les digo que, de entrada, sé con exactitud qué haré, o qué no haré, la noche de los sábados a partir de setiembre. No estaré ni poco ni mucho esperando a ver con qué se descuelga Emma García. Eso sí, seguro que más de cinco se frotarán las manos con semejante planazo nocturno. 

martes, 20 de agosto de 2013

Mi infarto y la sanidad pública



Mi infarto y la sanidad pública


      El sábado 10 de agosto, sobre las siete de la tarde, empecé a sentirme mal. Acababa de colgar algunas entradas en el blog, prometiendo ponerme al día con las columnas atrasadas después de una semana descansando en una playa nudista de Almuñécar, en Granada. Pero no pude seguir. Un fuerte dolor me apretaba el pecho. Me levanté y me senté en un sillón. Sabía que algo no iba bien. Lo que soltaba mi cuerpo no era sudor. Tenía  una manguera en cada poro de mi piel. En ese momento estaba solo en casa. Pero no me puse nervioso. No me alarmé hasta paralizarme porque sabía que no me lo podía permitir. Tenía que llegar al teléfono móvil para pedir ayuda. Y así inicié la ruta de mis hermanos. Al final, me trasladaron al ambulatorio correspondiente. En cuanto entré, la doctora lo tuvo claro. Nos vamos de excursión, me dijo. Ya lo sabía, le dije yo. El destino era Granada. El Hospital Clínico. En apenas unos minutos la ambulancia salía del centro de salud conmigo dentro conectado a una vía de suero y algún potingue más. En la ambulancia, el conductor, uno de mis hermanos, una enfermera, y la doctora, que me colocó a intervalos pastillas de nitroglicerina.

      Recapitulemos. Hasta ahora, al margen de la lógica presencia fundamental de mis hermanos, uno en la ambulancia, los otros dos siguiendo en coche el camino del vehículo sanitario, han intervenido tres profesionales, el conductor, la enfermera, y la doctora, al margen del recepcionista que agilizó la entrada al mínimo para que en apenas unos segundos estuvieran colocándome los electrodos del primer electrocardiograma de la decena o más que me esperaban en mis días de hospital.

      La llegada a Granada fue como tuvo que ser, a lo grande, con aparato sonoro, con la sirena encendida para abrirse paso en el caos de una ciudad al atardecer. No iba nervioso. Vivía desde dentro una película que sólo acababa de comenzar. En la puerta de urgencias, nuevos camilleros, enfermeros, y personal sanitario me pasaron al interior del Clínico, que por primera vez en mi vida veía desde el punto de vista del paciente, es decir, tumbado, es decir, que veía techos blancos pasando sobre mi cabeza a una velocidad peliculera, la mano de alguien que me seguía levantada sujetando el suero, las caras fugaces de la gente que me miraba como tantas veces he mirado yo a quien ha irrumpido en urgencias sobre una camilla empujada por hombres de bata blanca, el asombro, la curiosidad, o la indiferencia de quienes esperan que el altavoz, metálico, de sonido sucio, apenas legible, llame a los familiares de Fulanito o Menganita, y el ronroneo de las voces que, aunque parezca mentira, siempre se oyen en las urgencias de los hospitales.

      A estas alturas ya estoy dentro de la UCI, así, sin contemplaciones, sin esperas en los pasillos, y de nuevo rodeado de profesionales que ejecutan un baile perfecto en el que cada cual cumple su función al milímetro. Nuevo electro, medida de tensión, de temperatura, creo que se llevan sangre para analizar, y nuevo relato de cómo fue, qué sentí, cómo me siento ahora. Me siento bien, les digo, sé que estoy en las mejores manos. Mi doctora, a eso de las diez de la noche, y después de informarme sobre lo que me van a hacer –luego sabré que se llama fibrinolisis con TNK-, me dice que tengo que dar el consentimiento porque es un tratamiento tan eficaz como agresivo. Le digo que sí a todo porque el dolor no acaba de irse, aunque ya no es tan intenso como en los primeros momentos de la gran ópera que se puso en marcha hace algunas horas. Me viene a decir, resumiendo, que durante hora y media mi organismo recibirá por la vía abierta en mi brazo un ataque de tal calibre que mi sangre, y con ella cualquier obstrucción que encuentre por los territorios infinitos de las venas, quedará tan diluida que parecerá agua, y que si llegado el caso tuvieran que hacerme una transfusión, el asunto podría ser dramático. Adelante, le digo. Fue milagroso. El dolor, la presión, la sensación de no acabar de estar bien, se diluyó como la posibilidad de que mi sangre se convirtiera en agua durante unas horas. Luego creo que me quedé dormido.

      Recapitulemos de nuevo. He perdido la cuenta de la gente de la UCI que está pendiente del más mínimo funcionamiento de mi organismo y de mis necesidades fisiológicas. Desde que me desperté tuve la misma sensación que tuve desde el primer momento en que mi vida dependió de una gente que no conocía, o sea, que estaba en las mejores manos, que no tenía miedo, que todo iba bien. En la UCI estaba atado a electrodos que leían mis latidos, las alteraciones de mi corazón, y de reojo, de vez en cuando, miraba los monitores que recogían ese lenguaje de rayas que dibujan afiladas montañas de luz verde y números que oscilan y que sólo los profesionales saben descifrar para saber que tu corazón y tu vida siguen atados a la misma empresa. Las primeras ecografías confirmaron la sensación que tenía, que no había daños irreparables en el gran músculo, que mi corazón estaba intacto, que no había ningún rincón necrosado, que palpitaba con normalidad, que sonaba bien.
En planta se confirmó cuando me hicieron una ecografía más detallada y precisa, y nuevos electrocardiogramas, y nuevos análisis de sangre y orina. Han pasado apenas cuarenta horas, estoy en la cuarta planta del Hospital Clínico Universitario, y aquí, en la sección de Cardiología, parezco un rey atendido por los mejores profesionales de la sanidad pública. Camilleros, enfermeras, personal de limpieza, cocineros, nutricionistas, auxiliares de enfermería, doctoras, doctores, equipos de cardiólogos, todos, una legión de hombres y mujeres, sobre todo mujeres, vigilándome, analizándome, haciendo que mi vida en el hospital sea lo más agradable posible. Seguro que habrá pacientes, y familiares de pacientes, que tengan que contar otro tipo de experiencia, pero yo sólo tengo palabras de admiración, respeto, y cariño por ese personal sanitario que ha puesto de nuevo en órbita mi vida.

      También estoy seguro de que estos profesionales tienen otra visión de su situación. Es decir, la visión del trabajador que ha visto su sueldo mermado, sus derechos encogidos, sus horas de trabajo aumentadas, incluso más de uno habrá recibido, y recibe, los improperios de pacientes impacientes que miran el dedo del que apunta en vez de mirar lo que apunta el dedo. Sin embargo en ningún momento, desde la señora que limpia a conciencia la habitación, a la cardióloga que maneja con concentrada sabiduría maquinas sofisticadas, han mostrado su malestar, su resquemor, en nada ha influido su situación laboral, a veces de acoso y desánimo, en el trato recibido.

      El viernes 16 de agosto, en ayunas, a las ocho de la mañana, me trasladaban de nuevo en ambulancia hasta el cercano hospital Virgen de las Nieves para hacerme la última gran intervención, un cateterismo. No tenía ni idea de lo que era eso. Y es alucinante. En los monitores ves el interior de tus arterias, el flujo de la sangre por las venas, las rítmicas palpitaciones de algo que tú imaginas que son las puertas de tu corazón, el pericardio, dominando sus alrededores con la majestad de una máquina perfecta y tan sensible que a la más mínima lesión acusa su enfado. Los doctores, dos jóvenes facultativos protegidos por ropas espanta rayos nocivos, me dijeron que no mirara los monitores si era aprensivo. ¿Que no mire? Esto no me lo pierdo por nada. Es la primera vez, y espero que la última, les dije, que veo el interior de mi cuerpo. Y allí estaba, en blanco y negro, con esa cruda belleza de la vida luchando por la vida. En la muñeca derecha me habían abierto un túnel de acceso por el que meter, vía arteria, los materiales de construcción necesarios. Sentirás un pinchazo, una quemazón muy elevada, y luego, nada, tranquilo, ya estamos dentro. Dentro de esa arteria estaba el catéter, la cámara, y el stent, anglicismo que denomina al dispositivo que te dejan en la arteria dañada y que actuaría si volviera a obturarse. Yo vivía uno de los momentos más intensos de mi vida, por muchas razones. Por lo que estaba viendo en las pantallas, por saber que me hurgaban y no sentía dolor, y por la convicción de que me reparaban algo como cuando repara el fontanero una tubería atorada, pero sabiendo que se estaba empleando una tecnología sofisticada, extraordinaria, unas herramientas tan diminutas como de potente eficacia. Sabiendo que mentes privilegiadas, equipos de investigación sin descanso, hombres y mujeres entregados a la ciencia desde un anonimato casi bochornoso, habían hecho posible que ahora, en ese preciso instante, por el interior de mis venas, estuviera haciendo uno de los viajes más portentosos que alguien pueda imaginar. También sabía que la pareja de facultativos que me colocaron el dispositivo terapéutico y preventivo no estaba sola, que fuera de la sala donde esa maquinaria que se mueve por carriles, con brazos articulados, como una araña gigante y silenciosa, con cuatro monitores colgados en su cuerpo central, pero con una precisión de mamá, había un equipo de cirujanos preparado por si algo iba mal, un equipo de entrañables y juguetonas enfermeras preparado por si algo iba mal, un equipo de personas preparado por si algo en mí iba mal.

      Y aquí me derrumbo y lloro. Literal. Estoy llorando mientras escribo porque no me da la gana de reprimirme ni de contarlo, porque sé que hasta ahora, hasta que de nuevo me vi en la casa, la sanidad pública se ha gastado en mi vida un dinero que yo no hubiera podido pagar, y también por eso, porque tengo una sensibilidad de cojones, me cago en tanto hijo de puta suelto, en tanta perra, en tanto corrupto y miserable, en tanto político de mierda que quiere acabar con la sanidad pública para ofrecerla como negocio a la empresa privada, que nunca, jamás, miraría por mi salud sino por su beneficio. Si la sanidad pública está en peligro, y en estado de desmantelamiento programado, los ciudadanos estamos en peligro y en estado de desmantelamiento deseado. No podemos consentirlo. No podemos votar a partidos políticos que juegan con nuestra vida en nombre de unos ahorros torticeros que cortan el grifo de unas mangueras, justo las que sostienen el estado de bienestar, y abren sin freno el chorro del caudal de esos dineros para que la luz de la abundancia no deje de iluminar los chiringuitos privados. La sanidad pública salva vidas, o debería, sin mirar la cartera del paciente. La privada te mira la cartera, y luego, ya veremos. Las políticas de los gobiernos, sean del color que sean, jamás son ingenuas se trate de la materia que se trate. Las políticas sanitarias también son ideológicas. La que vivimos ahora lo es, y avergüenza y aterra. E indigna.

      Y por último, que no es poco. Es más, es lo más. Este infarto, que me tendrá atado a medicamentos y que me ha quitado de golpe el tabaco, uno de los placeres más absurdos que nadie pueda imaginar, también me ha dado emociones que apenas estoy aprendiendo a gestionar. Desde que cundió la noticia de mi hospitalización las muestras de cariño no han cesado. Llamadas, correos, mensajes, cientos de personas preocupadas, y otras tantas, prudentes y silenciosas, esperando noticias. A todos, a todos, gracias, muchas gracias. Me sale de los huevos ponerme tierno y deciros que sí, que de alguna manera ha llegado a mi corazoncito herido el aliento de vuestro ánimo, que os quiero, coño, y que sé que me queréis. Venga, un beso. Huy, cuidado con esas lágrimas, que no tengo el chichi para muchos tábarros. 

Haciendo el payaso en el pasillo en una foto ante la cámara de mi sobrina Ana. La talega blanca que me cuelga no es atrezzo. Es un artilugio que va conectado a unos electrodos pegados a mi pecho. Sin césar, este vigilante emite señales de mi corazón que se reciben en el control central de Cardiología. El resto, es puro montaje, tontería, teatro.


Esta visita inesperada, la de Isabel y Ángel, mis otros hermanos, los de Murcia, resume la intensidad de unos días plenos de alegría y emoción. Estaba a punto de comer -obsérvese el panecillo en la bandeja de la izquierda-, pero la comida más nutritiva me la dieron ellos, Isabel del Moral y Ángel Haro, que hizo la foto.

sábado, 10 de agosto de 2013



Columna publicada en los periódicos de Editorial Prensa Ibérica el día 1 de agosto

Cómetelos, Rajoy

      Lo que debiera ser normal se ha convertido en excepción, en un programa que si puedes no te pierdes. Se dice que hoy media España se va de vacaciones, y que la otra media se queda en casa. Una y otra se unirán en un afán común, saber cómo ha ido la actuación de Mariano Rajoy, uno de los peores actores en activo de la política. Quedará para la historia de la cobardía la panoplia de gestos que hizo hace unos días ante la inesperada pregunta del periodista rumano Cipriani Baltoiu sobre Bárcenas, descolocando de tal forma al presidente de Gobierno que uno sintió un ataque de bochorno y rabia por tener a semejante irresponsable al frente de tan alto cargo. Ese gesto, en un mundo que los escruta al detalle, que convierte lo banal en fundamental, es marca España deplorable.

      Hoy, obligado como se obliga a los toros a pasar por la báscula, sube a la tribuna del Congreso para hablar de lo que él ni nombra. Cuánto cobarde cinismo. Las cadenas ya tienen pulidos los objetivos para sacar partido a lo que diga y cómo lo diga. Lo dirá con la seguridad del guión bien aprendido, con la gestualidad huera del que sabe que juega un gran partido, pero que nadie espere nada nuevo. Los guionistas de este vodevil saben que a estas alturas apenas pueden crear otro personaje, así que lo apuntalarán por detrás como se apuntala un muñeco con una mano, dejando libre la otra por si hay que salir corriendo y cobijarse en otra serie, otros directores, otros decorados. Hoy será un día de fe y voces de ánimo. Si nos callamos, casi oímos cómo le dicen, cómetelos, Rajoy. Ellos quieren que creamos que el bocado es la oposición, pero el manjar somos todos. 

El Gran Timonel en un momento de su estomagante pamema. Ha dicho Bárcenas, ha dicho Bárcenas, oh, qué transparante, qué honrado, qué valentía, dijeron algunos. Otros, la gran mayoría de este país apaleado, giró la cabeza para vomitar y no manchar al de al lado. Hoy, 10 de agosto, el Gran Líder, sigue descansando. A él qué mierda le importa tu situación.




Maldeojos. Trastornada



(Esta columna se publicó en los diarios de Editorial Prensa Ibérica el día 30 de julio)

Trastornada

      Ya estamos, decía Kiko Hernández cuando la escritora empezó otra vez a lloriquear en el momento en que su versión de los hechos no sólo no era compartida por el corro de feroces busca sangre sino que la acosaban por contrato, lo normal en ese mar de cerco firmado. Terelu Campos hacía las veces de guardiana inmisericorde y ofrecía sus acogedores manos a la escritora, que se dejaba mimar por la serpiente, que en esta función gana un poco más que el resto porque es la que lleva el pinganillo con órdenes de ataque, retirada, calma, caricia, o a degüello. La escritora aprieta con tanta fuerza a la mamá serpiente que ésta ha de levantarse, quitarse los anillos porque la escritora le aprieta las manos como una condenada, y cuando la tiene a un palmo de sus narices, con un murmullo atroz de buitres de fondo, le dice que no puede más, que abandona el plató y que si alguien cree que está actuando, que la contrate Amenábar.

      La mamá serpiente, arrodillada ante la escritora, le pedía que respirara hondo, que se tranquilizara, que no le gustaba verla así porque la admiraba, pero la escritora, autista, volada, insistía en que tenía que irse, que reconocía haberse equivocado, que todo estaba siendo demasiado duro, que la dejara marcharse. No puedes, querida, contestó la bicha en un último esfuerzo por elevar el tono dramático de la cansina y patética escena. ¿Por? Has firmado hora y media con Sálvame para compensar tu salida del campamento si no quieres perder tu dinero, así que te queda más de media hora. Toma, Lucía Extebarría. 

Después del lloriqueo vino el gran momento, el intercambio de bragas entre la Premio Planeta y la mamá serpiente. Creo que fue ese día. Pero me da igual que fuera otro. Me importa una mierda.