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domingo, 13 de mayo de 2018

Maldeojos. Íñigo


Íñigo
(Artículo publicado el martes, 8 de mayo, en diarios del grupo EPI PRESS)

     La cucharilla de Uri Geller, el bigote, su voz, su reconocida, familiar voz, su talante, su magisterio, su nobleza, su magnetismo, su soltura haciendo una televisión que hoy en blanco y negro parece arcaica pero sentó las bases de un entretenimiento que aunó lo que jamás debería haberse dilapidado por el camino, el sentido del espectáculo sin dejar de lado la calidad, el respeto por la audiencia, tratada siempre desde una premisa, que la audiencia es inteligente, el periodismo al servicio de un medio que no es cualquiera, que es el medio de las masas, Directísimo, Estudio abierto, Último grito, gigantes de nuestro pasado, de nuestra memoria colectiva, riesgo y vanguardia cuando no había necesidad ya que la tele era la tele, al margen de audiencias, haciéndose cada día, dando pasos por un hilo colgado a un precipicio cuyo fondo no era conocido.

     Qué grande José María Íñigo,  qué grande, y ya no está. El maestro de maestros tenía la grandeza de los grandes, claro, de hacer grande hasta lo más insignificante porque él no lo consideraba insignificante sino de primera magnitud. Por eso, además de ser la voz de Eurovisión, como muchos jóvenes lo van a recordar, se iba a las mañanas del fin de semana con Pepa Fernández y hacían de Un día cualquiera en RNE un día especial –el sábado, la audiencia, como la propia Pepa, entró en shock cuando ésta dio la noticia-, o se iba de restaurantes y daba a conocer recetas golosas en su sección de Aquí la tierra, el gran programa de La 1 o, como algo que sólo pueden hacer los genios, formar parte de la infamia que cada día perpetra Javier Cárdenas en Hora punta y salir airoso, sin mácula. Qué grande, qué grande el gran José María Íñigo.


martes, 3 de abril de 2018

Maldeojos. Luis y sus poesías


Luis y sus poesías
(Artículo publicado el jueves, 29 de marzo en diarios del grupo EPI PRESS)
     Lo vi una noche y me pareció que andaba de promoción o algo así porque no atinaba a dar con la tecla del porqué un tipo como Luis del Olmo andaba en tratos con un tipo como Javier Cárdenas en un programa como Hora punta. Pero dios, lo volví a ver el otro día, y se me erizaron los pelos del mosqueo. Y ahí sigo, perplejo y medio lelo. Me veo al famoso locutor, hoy retirado –cumplió 81 años ese día, y el programa le hizo apagar a soplidos 81 velitas-, de pie, junto a un atril, declamando una poesía. Declamar una poesía me parece lo más antipoético que hay en el mundo de la poesía, pero todavía hay quien cree que escuchar esas declamaciones con el corazón arrobado es el colmo del sensible. Para mí, a un paso del cursi, y de lo cursi. “Protagonistas, la poesía”, es el nombre de la sección a la que Cárdenas somete a Del Olmo, que se deja hacer.
     Este Javier Cárdenas del demonio no deja títere con cabeza. Embaucó a José María Íñigo para que lo acompañara algunas noches en su mesa -¿o son todas las noches?- haciéndole comentar tontadas, seudociencias, sucesos horripilantes, un grande de la tele al servicio de un programa idiota en manos de un ególatra desmedido, y ahora trinca a otro grande de la radio, que se deja trincar, para liarlo con una sección que duele mucho a quien no es un gran lector de poesía en la actualidad pero sabe que esos juegos florales están a millas de la sensibilidad poética. Además, qué puñeta, Luis del Olmo será un extraordinario profesional de la radio, pero hay que decirlo, un mal, malísimo lector, o mejor, declamador, de poesía. Se aturulla, no la dice bien, no emociona. Pero a Javier Cárdenas qué le importa. Le importa la pieza cazada, y Del Olmo cayó en su trampa.