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lunes, 3 de diciembre de 2018

Maldeojos. Chicote trucu trucu


Chicote trucu trucu
(Artículo publicado el domingo, 2 de diciembre, en diarios del grupo EPI PRESS)

      Dijo Andréu Buenafuente, que de tele entiende un rato, un rato más grande que el arrogante y melindroso Javier Cárdenas, que anda en líos judiciales con un portal de información televisiva para que no pueda informar sobre él, que uno de los grandes descubrimientos de la tele de los últimos años es Alberto Chicote. Tal vez sea así. En el fondo yo también lo creo, lo que me ocurre es que tantos años mirando la pantalla para ver qué hacen, qué dicen, y cómo lo hacen y cómo lo dicen los que a ella se asoman me ha creado un callo más grande que la boca de Pablo Aznarín Pasado, que ni con lejía es capaz de enjuagar sus comentarios llenos de odio –los inmigrantes matan carneros en casa, dijo en Granada sin que temblara la Alhambra y ésta, abatida, cayera hasta amontonarse en el Paseo de los Tristes, tratando de estigmatizar a los musulmanes por el mero hecho de serlo, insensato, loco, trepidante escalador de la montaña donde anida la derecha más extrema y zafia-. Es verdad que Alberto Chicote ha llegado a la tele para quedarse porque lo que toca lo convierte en oro, en polvillo de éxito, y ha hecho del comer y sus alrededores un referente del entretenimiento con ambiciones de espectáculo o denuncia, o ambas cosas, desde Pesadilla en la cocina al último y buen producto de La Sexta, ¿Te lo vas a comer?, echándole el guante a menús de residencias para ancianos, hospitales públicos, empresa de comidas para llevar, o fiestas populares. Es verdad que Alberto Chicote llegó sin los tics del resabiado presentador que se las sabe todas, y quizá eso, su frescura, sus maneras de pequeño salvaje –un poco al estilo del primer Frank Cuesta, antes de que se le volara el coco y se convirtiera en un chulito de barrio, engreído y maleducado-, su naturalidad, a veces un poco forzada, es verdad, lo han convertido en el personaje que es hoy, entrañable e imitable.

España directo
     Lo sabe bien el inefable Raúl Pérez, que en el plató de Late Motiv, en 0#, erigió, junto al original, un monumento, otro, a la hilaridad, al despiporre, a la excelente televisión, al humor más disparatado, cantando a dúo el Pim pam, trucu trucu, un montaje realizado con expresiones del cocinero como reacción a algún desastre en fogones visitados. No sé si Alberto Chicote será uno de los grandes descubrimientos de la tele de los últimos años, tal vez sí, pero de lo que sí estoy seguro es de que Alberto Chicote ha encajado en el espíritu de La Sexta como lo ha hecho, desde que se fue de Cuatro, Jesús Cintora, que el miércoles estrenaba Carretera y manta dispuesto a hablar, como hizo con su camión-plató en Vigo, de los trabajos de mierda, de los “mierda jobs”, donde las llamadas trabajadoras del frío, que arreglan pescado para congelar en ambientes que superan los 13 grados bajo cero, sufren no sólo sueldos de miseria sino trato degradante con jefes de empresas de un sector que acaba el año con más de 4.000 millones de beneficios. Ante las cámaras, estas mujeres, que viven su día laboral como si fuesen esclavas, sacaron una tarjeta roja con la que hicieron un sonoro pim pam, trucu trucu. Esta semana, además, se ha salpimentado con la ya tradicional mala educación del diputado del PP Ramón Moreno a cuenta de su incontenible rabia por el cambio en RTVE –el menda no ha aceptado las civilizadas disculpas de la administradora de la casa, a la que ha comparado en su tercera comparecencia en el Congreso con Gabriel Rufián, el hooligan de ERC-. ¿Y si Rosa María Mateo fuese la Alberto Chicote de RTVE y con su mirada de afear conductas de políticos bocazas estuviera trucu trucu sin cesar y en los meses que lleva su real culo sentado en el despacho estuviera a punto de darle la vuelta al calcetín del área pestosa, manoseada, manipulada, descocada, servil adiestrada y autodestructiva de informativos? Lo digo porque no sólo en las evidencias–Telediario, Desayunos con Xabier Fortes- se ha notado el nuevo aire sino que la ola está alcanzando espacios anquilosados en su ridícula torpeza como España directo, al que han llegado Diego Losada y Ana Ibáñez dándole un aire que mira más a Más vale tarde que a Andalucía directo, Madrid directo, Murcia directo, o Baleares directo, se llamen así o no este tipo de formatos autonómicos.

Duque consorte
     Y sin salir de La 1, y según intuyo, mucho pim pam y poco trucu trucu hay en esta tercera edición de Masterchef, que cerró la cocina hace una semana y ganó la nadadora Ona Carbonell, que dicen que practicó “esferificaciones”, licuaciones, reducciones, humidificaciones y deconstrucciones de todo tipo en los talleres de Ferrán Adriá para saber más que sus colegas, edición que ha perdido fuelle con respecto a las anteriores. Es lógico. Es cierto que Masterchef aún genera interés, y que junto a OT se enfrenta sin bajar la cabeza a Gran Marrano, pero llega un momento, como a mí me llegó, que veo a un concursante sudar, cortarse, trasegar una carne, y a Jordi Cruz poner cara de pocos amigos, y repetir una y otra vez lo que tenga que repetir, que les digo, les dije hace ya algunas ediciones, anda y que os den pim pam trucu trucu. En palabras de la cantante Mónica Naranjo, aunque referidas a lo que ella conoce –jurada de la anterior edición de Operación Triunfo- Masterchef es un coñazo. La cantante ha dicho que esta edición de triunfitos resulta un programa “rancio, y un coñazo”. Ahora entiendo por qué no sigo ni a uno ni a otro. Supongo que la duquesita Cayetana Martínez de Irujo, retirada de la tele hace años, podría ser una cocinera “celebrity” de primera, pero no, ha preferido volver a la pantalla de la mano de Jesús Calleja en Volando voy, cosa discreta, pero  al final la ha liado en las esferas aristocráticas diciendo que el marido de su madre, el ex cura, y un poquito gay, según comentarios de época, don Jesús Aguirre, era más malo que el sebo, “lo peor, podría ser muy culto, pero era cero humano, muy malo”. Esto sí que es un pim pam, trucu trucu en toda la cara, duque consorte. Amén.

La guinda

Carlitos dice adiós
Decir Carlitos en España es decir Carlos Alcántara, el niño de Cuéntame cómo pasó que el jueves dijo adiós a la serie. Diego Gómez se puso con 7 años ante las cámaras de una de las mejores ficciones españolas y se marchó con 24 esta semana. Él y su personaje nos han llevado durante 348 entregas por la España que arrancó en blanco y negro a la de nuestros días, o casi. Diego Gómez ha crecido como uno más de la familia. Suerte.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Maldeojos. Ficción/realidad



Ficción/Realidad
(Artículo publicado el sábado, 21 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

      La familia en pleno sobre el escenario, desde la abuela, la siempre inteligente, sobria, y solvente María Galiana, al pequeñín Carlitos, al que le hemos visto salir pelos en el sexo y hasta fardar de barba en las últimas entregas, un Ricardo Gómez que más que de la tele parece de la familia, de la nuestra. Una frase de Charles Chaplin despedía el capítulo de la 17 temporada de Cuéntame -¿final de temporada y de serie?-, la más longeva de la ficción española, y más raro aún, una de las que más alto ha puesto el listón de la calidad, de la oportunidad, la serie que a veces parecía cabalgar sobre el pasado pero con un ojo adivinatorio en el presente en un equilibrio de coincidencias que daba vértigo. Con la familia en el escenario, el sueño de Inés Alcántara de estrenar una obra a teatro lleno, saludando a un público imaginario, se escuchó la voz de Carlitos, el inconfundible y también de la familia, Carlos Hipólito, recordando que “la vida es una obra de teatro que no permite ensayos… ríe, canta, llora, antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos”. Llena de coincidencias con la actualidad, en el capítulo final vimos a los Alcántara, al marido de Inés –el personaje de Jordi Revellón- envuelto en un delito fiscal, como los actores Ana Duato e Imanol Arias lo están estos días por lo  mismo. Sin duda, los guionistas de Cuéntame tienen el don de la oportunidad, y están tan metidos en la historia de este país que, en un alarde de prestidigitación, fulminaron los límites entre la realidad y la ficción. La productora, Ganga, publicó un mensaje en Twitter: “Esta obra no acaba aquí. Esperemos que el telón vuelva a subir”.  Eso está por ver. El día 26 lo decide TVE.

martes, 26 de mayo de 2015

Maldeojos. No veo la tele



No veo la tele
(Artículo publicado el sábado, 23 de mayo, en diarios de EPI PRESS)

      No me digan que no lo han dicho alguna vez. Yo es que no veo la tele, o yo es que casi no veo la tele. Los políticos no ven la tele, no tienen tiempo de ver la tele, así que sólo les muestran vídeos que les puedan interesar en su campaña, en el siguiente debate, en definitiva, en su trabajo. Concha Velasco, por ejemplo, sí dice que ve la tele, sobre todo el programa que la ha llamado como invitada, y lo mismo dice que sigue el matinal de Ana Rosa que el nocturno de Andrèu Buenafuente, es decir, la divina Santa Teresa, a la que La 2 le lavó la cara para volver a emitir en su 500 cumpleaños, ejerce de espectadora, y lo dice. Luego hay otro grupo de famosos que darían el último aliento de su vida por salir en televisión todo el rato pero, estirados y neuróticos, aseguran que no la ven, que nada les gusta, que nada es de su interés, que qué tele más mala tenemos.

      Y por fin, aparte el ciudadano corriente, el de la calle, usted y yo, que sólo somos una cifra si tenemos ese aparato fantasma de medir audiencias, están los actores del medio que dicen que no ven el medio. Le preguntaban el otro día a Imanol Arias que cómo estaba en el estreno de A cambio de nada, la primera película de Daniel Guzmán como director –Biznaga de oro en el festival de Málaga- y no en casa viendo Cuéntame. Sin pensarlo, Imanol contestó, “como comprenderás, yo no veo Cuéntame, no veo la tele”. También le preguntaron por la bajada de audiencia. Bueno, dijo, “creo que es una señal porque cuando una serie pierde tres millones de espectadores tendrían que reflexionar los que la escriben, dirigen, y hacemos”. Es valiente esa opinión. Dijo lo que dijo pero quería decir mucho más. Quizá Imanol no vea tele, pero sabe de qué va.