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martes, 15 de octubre de 2013

El origen del mundo (ilustrado). Julie



Julie

Artista invitado para la ilustración, Pepe Domínguez


      Con apenas quince años comenzó la búsqueda. La primera vez fue un accidente, o eso se decía ella, un despiste. De pronto se vio en el urinario de los chicos, y allí estaba él, un muchacho de su edad. Dio un respingo casi horrorizada por la vergüenza al tiempo que reculaba buscando la salida. Pero en vez de alejarse de aquel hallazgo fascinante,  una fuerza parecía empujarla hacia el movimiento pausado del joven, que congeló su gesto en una cara lela, pero no su mano, afanada en mover arriba y abajo una carne que dejó hace tiempo de ser el rico gusanito que se comía mamá y papá entre risas para ser una señora polla con gana de matraca.

      Julie se humedeció los labios manteniendo la mirada fija hasta colocar su boca al nivel de un mar tan nuevo como impetuoso. Ella jamás lo había hecho, pero al muchacho le pareció un milagro ver cómo su juguete entraba, salía, volvía a entrar, y volvía a perderse hasta la raíz, oscureciendo con su tierno vello los labios de la colegiala. A ese día la siguieron otros. Con otros chicos. Con todos. Ya ni siquiera disimulaba. Entraba al urinario equivocado y se quedaba. Julie creció, pero mantuvo esa costumbre. Lo hacía en los servicios de las estaciones de tren, de autobuses, de los aeropuertos, y siempre pescaba algunas piezas. Jamás por dinero. Ella no era una puta. Lo dejó cuando una tarde, rondando los 70, un joven le dijo que ese no era el servicio de señoras, que estaba al lado. Julie le hizo ver con su boca entornada, humedecida por su lengua, que ella buscaba otra cosa, pero el muchacho le acercó un poco de agua creyendo que la mujer estaba sedienta y trastornada.

Julie, fotografía de Pepe Domínguez




PEPE DOMÍNGUEZ

Barbarte, Cádiz

Lo que más me gusta en el momento que cojo la cámara y empiezo a fotografiar es la sensación de que se abre un mundo dentro de este mundo para mí. La sensación de abandonar las calles por las que voy caminando, de ser sin estar en los sitios. La sensación de ver desde otra perspectiva, desde otro lado, con otro color.






martes, 3 de septiembre de 2013

El origen del mundo (ilustrado). El milagro de la Sala X



El milagro de la Sala X

 Artista invitado para la ilustración, Antonio Denís



      Hacía tanto tiempo que ni se acordaba desde cuándo no se le empinaba. Pero se pulía la pensión yendo cada día a la Sala X para ver en otros un fuego llameante que en él ya no era ni rescoldo. Torpe, contrariado por la humillación de haber claudicado en el uso del bastón, llegaba al único cine guarro de la ciudad donde acudían como a un refugio de resignados cadáveres otros ancianos como él, y también hombres jóvenes con espingardas envidiables y deseos de alivio urgente con soluciones sin protocolo. Pájaro que sale, pájaro que acaba en la cazuela de una boca anónima. Educado, pagaba su entrada, saludaba al amojamado portero, sonreía con resignado entusiasmo a los conocidos, y tanteando entre las tinieblas a veces iluminadas por el resplandor gimiente de la pantalla, se dirigía a las primeras filas, donde el ir y venir de sombras inquietas creaba un espacio de tranquila comodidad. Ya nadie lo molesta. Era como una columna, a nadie le llama la atención. Formaba parte del paisaje. Embobado, era el único espectador atento a las historias de la pantalla con sus incesantes exhibiciones de cuerpos dorados por una juventud en punta que entraba y salía de las dóciles oquedades de su actriz preferida, Katy Romero. Sus ojos de gata asustada, la sonrisa que a él se le antojaba triste, aquellos pechos tan bellos y perfectos, y tan desolados, aquel vientre de llanuras cósmicas, su flor rasurada, y su incomprensible entrega a aquel bestia rudo cuyo cerebro parecía tener la forma acerada de su potente vacuidad, volcada su energía en la única función posible, penetrar a Katy como a él le gustaría con esmerada delicadeza, pero no, se tenía que conformar con seguir la absurda trama con la asumida fatalidad de saber que hay impedimentos físicos por encima del deseo. Ni siquiera miró hacia atrás cuando notó una mano en el hombro, sabiendo que sería la de algún nuevo bujarrón o la de alguna meretriz marchita y desdentada que buscaba, a la vez, algo de dinero y un poquito de atención.

      -Soy Katy, le dijo la voz al oído. Vámonos de aquí.

      En la pantalla, un resplandor blanco ocupaba el testero sin imágenes. Detrás, ella. Vestida, hermosa, oliendo a campos de espliego y azafrán, mirándolo sin la fingida lascivia  que tantas veces le gangrenaba el alma porque sabía que allí no estaba el pedernal de su mirada, que Katy guardaba tesoros que la pantalla jamás descubriría. Se levantó como el que sabe que algún día tenía que ser, la cogió de la mano, se la llevó a las ingles para que fuera ella quien certificara el milagro de una dureza primaveral, y salieron a la calle como dos potrillos encendidos.  En la sala se quedó el bastón. ¿Pero a quién le hace falta cuando te quitan 30 años de encima?

La Sala X, de Antonio Denís.



ANTONIO DENÍS VÁZQUEZ

Nació en La línea de la Concepción –Cádiz-, recién ayer. 

Vive entre Madrid y Tánger, donde tiene estudio. De formación autodidacta. 
Su deambular por insospechados senderos como insólito itinerante, dieron  a su vida algunas inquietudes, entre ellas la pictórica.