jueves, 20 de febrero de 2020

Maldeojos. Maestros de la impostura


Maestros de la impostura
(Artículo publicado el domingo, 16 de febrero, en diarios del grupo Prensa Ibérica)

     No aspiro a tanto, pero esta columna, cada cierto tiempo, es decir, cada vez que TVE  abre el taller, aspira a convertirse en el artículo anual contra Maestros de la costura igual que Manuel Vicent escribía su artículo anual contra la feria de toros de Madrid. No tengo el chichi para tanto farolillo, así que no tengo la paciencia y el humor para ver y escuchar las imposturas de los señores costureros, que se ponen divinos con sus redichas reprimendas y sus afectadas poses. No trago a Lorenzo Caprile, el caporal. Y no me creo al otro, al palomo de España, don Alejandro Gómez. Fíjense lo que les digo hablando de este señor. En Maestros de la costura me resulta intragable, pero lo vi desubicado en otro programa que no es el de Raquel Sánchez Silva, monísima, y hasta me moló. Lo vi sentado en el sofá de Sánchez y Carbonell en La 2, lo de Elena Sánchez y Pablo Carbonell la noche de los jueves, y me pareció hasta interesante, sin tanta tontería encima, sin tanta impostura, y así enlazo con el titular. Podrán decirme, y quizá con razón, que la tele tiene mucho de impostura, y sí, llevan razón, pero resulta que a estas alturas de mi vida de espectador estoy hasta un calentón racial y ultra de Cayetana Álvarez de Toledo, la que le dicta al oído de Casado que la verdad viene de la diestra más siniestra, y no aguanto tonterías. Ni pamemas. O mamandurrias, que puso en órbita Esperanza Aguirre, que no se anda con imposturas aunque lo suyo es fingir, hervir, mentir, huir con sus ranas y sus cositas. La tele es impostura o no es. Ahí dentro cada cual interpreta a un personaje, a su personaje. El conflicto llega cuando uno, la persona que se pone a consumir lo que echa la pantalla, se distancia, se desdobla y en vez de tragarse el cuento ve los entresijos, las bambalinas. Es como cuando estás sobre el escenario, eres la gran Lola Herrera, estás metida hasta el corvejón en el personaje de Carmen Sotillo en las Cincos horas con Mario de Delibes y suena en el patio de butacas un puto móvil. Claro que ese brutal y bárbaro sonido te saca del personaje, te lleva de la ficción a la realidad y mandas a tomar por caso al cadáver de tu marido, al teatro, y a la maleducada señora que no apagó el cacharro. Pues con la tele, igual. Creo que lo he dicho aquí alguna vez. Ya no puedo ver como si tal cosa a Antonio García Ferreras porque sólo estoy pendiente de las veces que dice la hora en un minuto. O sea, todo el andamiaje se me viene abajo y sólo veo impostura, tics, afectación.

El niño polla
    ¿Han visto el anuncio de no sé qué marca de telefonía donde se ve a una impostada y excitada Carmen Lomana diciendo no sé qué de gigas y cuotas, diciéndolo como sólo ella, y las que llevan los morros hasta el culo de potingues inyectados como ella, lo dice, es decir, sin que se le entienda una mierda? La momificada celebridad apenas mueve el pico –imposible hacerlo con tal cantidad de fango infiltrado-, pero ahí anda, incluso de opinante en Todo es mentira. Hay presencias que uno, por más que se relaje el esfínter, la sístole y la diástole, el alfa y el omega, la luz del día y la tiniebla de la noche, el coronavirus y el antídoto, por más que, pecador, lo mismo peca el Pablo Casado de la barba que el Pablo Casado rasurado, por más que Ciudadanos, con Inés Arrimadas y su vocecita de niña repelente, y el PP, sumen España, o resten Alemania, hay presencias en la tele que uno no sólo no entiende sino que uno, y trino, trina de coraje y se pregunta por qué, madre mía de mi vida, por qué está ahí, qué me importa y qué me aporta lo que pueda opinar la doña esta. Una sola Lomana es como tres vagones de bovinos, caninos, arácnidos, o como un empacho de Bertines con los huevos fuera recibiendo a destajo a todos los ultras de la derecha patria para zamparse unos torreznos haciendo chistes de mariquitas y de moros y de tías, eso sí, de tías medio nazis en su feminismo radical. Una sola Lomana tendría que nacer mil veces para alcanzar la descacharrante y provocadora naturalidad de Jordi, conocido como “El niño polla”, que se sienta de nuevo en La resistencia de Movistar, en #0, y cuando es preguntado por las veces que tiene sexo al mes responde que 30 o más. Lógico siendo actor porno. También cuenta que en España lo de mantener sexo en la calle no está tan perseguido como en otros países, y que una vez, grabando una peli, llegó un policía y “me pilló con todo dentro” y el hombre me dijo que me fuera un poco más allá y así, en el límite entre Barcelona y Hospitalet, al no ser jurisdicción suya, no tendría que multarme ni hacer nada. Hala, Carmen Lomana, ahora háblale de gigas y de cuotas sin pestañear al Niño polla.

El amiguete
     No sé si he contado alguna vez, tal vez sí, cómo Santiago Segura me resulta falso, un señor que tiene al menos dos caras. Una, cuando está solito, cuando no hay cámaras ni gente que reclame al personaje, y otra cuando está ante el público. Fue en Lorca, en su Primavera de Cine. El tipo venía como invitado, o ayudando como presentador. Da igual. Sentado aparte, con cara de malas pulgas, lo que viene siendo un malafollá en Granada y en el mundo mundial, creó una barrera no digo con los clientes del hotel donde nos alojábamos, que uno podía entender por aquello de no ser un mono de feria –que no era el caso pues la gente fue muy respetuosa-, digo con la organización. Sacó el cuello de jirafa que mira por encima del hombro con exigencias de estrella estúpida, con deseos de preñada fatua, y así hasta el día de “su actuación”. Con cara de acelga detrás de las cortinas, sin empatía, salió al escenario con sus dedos en uve y una sonrisa que ya, y para siempre, vi muerta, impostada, como un simple trabajador de la mentira, así que lo de amiguetes y otros hueros chistecitos, para quien se los crea. Sé de lo que hablo y no, no me lo creo cuando lo veo en El hormiguero haciéndose el graciosillo porque sé que, segundos antes, habrá abrillantado su gesto hosco y mala hostia cuando alguien del programa, por educación, y que no sea Pablo Motos, se haya dirigido a él. Cansinos, nen. 

La chispa
Carlos Areces
Si te pones a ver los miércoles en Telecinco El pueblo –aunque no se lo crean, la cadena a veces emite cosas que no sus porquerías habituales- notarás que no están ante la serie de tu vida, vale, pero tampoco lo pretende. Protagonizada por Carlos Areces, El pueblo, que lleva la firma reconocible de Alberto Caballero –La que se avecina, y por ahí- trata de retratar con humor el choque entre urbanitas y rurales. Se puede ver, o no, y no pasa nada.

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